(HERENCIA) Una Historia antes de dormir

 

HERENCIA
Relato familiar basado en experiencias reales de Carlota Alanís
Escrita y Adaptado por Eduardo Liñán

Durante la huida en tiempo de la revolución; mi bisabuelo perseguido por sus propios peones y las fuerzas revolucionarias, logró escapar y rescatar parte de la fortuna de la familia. Él, su esposa y sus hijos huyeron a Tampico, en donde se refugiaron con parientes que les dieron asilo durante los años que duró la insurrección; Después el bisabuelo compró terrenos en varios lugares de la ciudad y los alrededores. Abrió una tienda de abarrotes con la que mantuvo a su familia y aun conservaba un pequeño tesoro familiar compuesto de varios cofres con monedas de oro de los llamados “aztecas” de 20 pesos; pero era muy desconfiado y ambicioso por lo que solo él manejaba esos dineros. Se dice que enterró y tapió entre las paredes de ladrillo. Jarros de barro y envoltorios con estas monedas en diferentes propiedades y una de ellas se ubicaba en una colonia llamada Tancol, el cual era un terreno grande en donde pasaba la mayor parte del tiempo, tratando de cultivar aunque sin éxito.

Ocurrió que varios de nuestros parientes al saber de la fortuna que resguardaba mi bisabuelo, comenzaron a tenerle envidia y a conspirar para quitarle dinero. Como le iba bien en su negocio acostumbraba a prestar a cambio de joyas y monedas de oro y generalmente se quedaba con ellos a la mala y despojando a las personas en tratos desiguales y ventajosos, por lo que empezó a aculumar riquezas que solo el resguardaba y como era mezquino y ruin, jamás compartia nada mas de lo necesario con su familia. Sucedió que un día iba a hacer compras al mercado. Y fue a uno de los terrenos que tenia, a desenterrar una parte del tesoro para hacer la compra de una camioneta que le serviría para transportar mercancía. Cuando salió con rumbo al centro, antes de abordar el tranvía fue interceptado por un par de sujetos que lo comenzaron a golpear para quitarle lo que llevaba; pero fueron tan brutales que la golpiza lo mató y se llevó el secreto de las ubicaciones de los tesoros a la tumba. Se dice que sus mismos familiares lo habían mandado espiar y esperaron el momento justo para arrancarle parte de la fortuna y saber donde se encontraba lo demás; pero con tan mala suerte que a los asaltantes se les pasó la mano al golpearlo.

Nadie sabía, ni siquiera mi bisabuela de la ubicación de los dineros. Se hicieron infructuosos intentos por revisar cada rincón de las propiedades sin éxito para encontrar el dinero; pero jamás pudieron hallar nada, mi bisabuela que era muy creyente de Dios y el diablo, decía que este ultimo nublaba la visión de las personas que lo iban a desenterrar, que era un dinero mal habido, lleno de sangre y dolor. Que atormentó a generaciones de parientes y que maldijo el linaje de la familia durante siglos ya que todos habían muerto por conservar el tesoro familiar. Y que era mejor no saber donde habían quedado todos esos pesos de oro y joyas que con el tiempo el bisabuelo acumuló. El tiempo pasó y esta historia extraña le ocurrió tiempo después a mi mamá.

Después de la muerte de mi bisabuelo el negocio y varias propiedades se perdieron o las tomaron los parientes a la mala. Mi abuela logró conservar una casa en una colonia muy cercana al centro de la ciudad. Era un lugar amplio con un gran patio central y cuarterías alrededor. El techo era de lámina aunque con el tiempo se llegó a modernizar todo el lugar, al morir mi abuela, mi mamá era la única que aun vivía ahí, así que heredó esa propiedad sin mayores problemas. Mis hermanos y yo crecimos en esa casa y nunca nos sucedió nada extraordinario. Poco a poco no fuimos yendo a seguir nuestros propios caminos y mi mamá se quedó al cuidado de una señora que la ayudaba en los quehaceres del hogar. De algún modo ella se comenzó a meter mucho en cosas esotéricas, aunque era creyente de Dios, se empezó a juntar con señoras que hacían limpias y brujerías inofensivas como regar líquidos o prender inciensos. Nada raro, hasta el día en que llegó una mujer de aspecto extraño a la casa de mi mamá que se decía medium.

Fue durante una plática entre amigas que esa señora comenzó a ponerse rara y en instantes empezó a hablar con una voz que no era la de ella, ronca y masculina. Enseguida reconoció a mi mamá, era la voz de un hombre mayor. La mujer la miró con una expresión de ansiedad y recelo, le dijo que era su abuelo (mi bisabuelo) que tenía un dinero guardado en la casa y deseaba que lo enterraran en su tumba; que debían devolverle lo que le pertenecía. En ese instante mi mamá, salió corriendo del lugar asustada y pidió que todas se fueran y comenzó a llorar amargamente. Como tenía una relación con ella muy cercana, me habló en ese momento y me contó lo sucedido. Yo no lo podía creer; pero estaba tan asustada y alterada que comencé a creer lo que decía y más cuando me dijo que el espíritu de su abuelo seguía atormentando a la familia para que lo enterraran con su dinero y me hizo una confesión que jamás hubiera creído. mi abuela tuvo contacto con ese espíritu durante un periodo en el que pasaron por momentos difíciles y contrató a un brujo para que ubicaran el lugar donde había enterrado el tesoro. Dijo que cuando lograron saber donde estaba, intentó sacarlo con ayuda del brujo a cambio de darle una parte; pero mientras el hombre comenzaba a escarbar en una parte de la casa; empezó a enfermar mientras cavaba. Llegó a un punto en el que ya no pudo seguir y salió muy enfermo de ahí. Al día siguiente mi abuela se enteró que este hombre había muerto en circunstancias extrañas. Luego de eso tuvo la osadía de seguir escarbando y tuvo el mismo resultado, no quiso ahondar más y cubrió el agujero con tierra y grava; pero comenzó a ser atormentada por un espíritu maligno que la llevó a morir una noche de un infarto.

Mi mamá estaba perturbada por que temía que le pasara lo mismo que a la abuela, yo me alarmé un poco y decidí quedarme con ella para ver que no sucediera nada extraordinario. Durante la primera noche que me quede ahí, pude ser testigo de fenómenos inexplicables que sucedían dentro de la casa. Los muebles se arrastraban, las luces se prendían y apagaban o se quedaban parpadeando y ruidos como de gruñidos que rompían el silencio; que al escucharlos se me ponía la piel de gallina. Al momento de ver y sentir eso corría a ver a mi mamá y siempre dormía profundamente.

En una de esas ocasiones en que fui a revisar, me dirigí al patio para fumarme un cigarro y mis sentidos se alertaron cuando vi un bulto parado en el pasillo, al principio una corriente eléctrica me recorrió y comencé a tener miedo, por la sugestión y por lo que estaba pasando. Me detuve un poco para ver que o quien era aquello y para mi sorpresa era Jacinta, la mujer que ayudaba a mi mamá; pero había algo raro en ella. Su rostro estaba petrificado y pálido y los ojos casi se le salían de sus cuencas, los labios entreabiertos temblaban y para mi desagrado estaba parada en un gran charco de orines. Luego de preguntarle que le pasaba, sin decir una palabra levantó su brazo para señalar y al ver que era lo que apuntaba, una sensación de frio indescriptible me invadió luego de sentir un entumecimiento que me paralizó de inmediato al ver que al fondo del pasillo estaba parado un hombre de aspecto extraño y con un rostro severo que daba miedo, de inmediato lo reconocí. Era el mismo hombre de uno de tantos retratos viejos que estaban colgados en la sala de la casa: Mi bisabuelo Don Martín Sanz de Santamaría y Alarcón.

De inmediato supe que los relatos de mi mamá eran ciertos, el alma atormentada y mezquina de mi bisabuelo rondaba los rincones de la casa en busca o cuidando del tesoro que había dejado. No podía moverme, mis extremidades temblaban al ver aquella ánima desprovista de pies y manos que nos miraba con recelo a Jacinta y a mí. De pronto se fue evaporando y dejando una especie de niebla en ese lugar, Jacinta cayó desmayada y yo me quedé petrificada por un buen rato hasta que pude hablar y gritarle a mi mamá, que en breves instantes salió para ver que sucedía. Luego de tomarnos un té en la cocina, platicamos lo que vimos y Jacinta estaba completamente asustada y enferma por haber visto aquello, al día siguiente agarró sus cosas y se fue de la casa. Murió tiempo después de diabetes; pues nunca se recuperó del susto.

Ese mismo día mi mamá y yo investigamos el lugar donde habíamos visto a mi bisabuelo parado, era el mismo lugar donde mi abuela había cavado junto con el brujo, incluso la placa de cemento difería del piso de mosaico. Ahí estaba enterrado el tesoro. En algún momento mi ambición y mi necesidad de resolver muchos de mis problemas me incitaron a querer al menos saber que había ahí, cuánto dinero y por que el bisabuelo aun vagaba cuidándolo. Mi mamá no quiso saber nada y me prohibió pensar siquiera en querer romper el piso. Esa misma noche intenté dormir, no queríamos dormir solas mi mamá y yo, así que nos quedamos en el mismo cuarto, como no podía agarrar el sueño me tomé unas pastillas que poco a poco me relajaron; mis parpados pesaban y sentí como mi mamá se levantaba de la cama, luego de un largo rato, sentí de nueva cuenta que se volvía a acostar; pero algo andaba mal y no lo noté hasta que me arropé con la gruesa colcha de la cama, tenia frío. Era imposible, era verano, mi mamá no tenia clima y cuando el sueño se me espantó por tener ese pensamiento, escuché que alguien me gritaba al oido.

“¡Dame mi oro, puta!”

Eso fue aterrador, me levanté de un salto de la cama y estaba vacía. Pensé de inmediato en mi mamá y corrí gritando por toda la casa buscándola. Y al salir al patio el pánico me invadió al verla parada con la frente pegada a la pared sobre el sitio donde supuestamente estaba enterrado el dinero. Inmediatamente fui por ella y estaba como ida, decía palabras que no entendía y la abracé para llevarla a su cama y al acostarla, comencé a llorar. No sabía qué hacer o como detener eso, entonces sucedió lo peor.

Escuché gruñidos que venían del patio, al oírlos los pelos de la nuca se me erizaron y cerré todo. Abracé a mi mamá y empecé a rezar. Afuera en el patio podían escucharse ruidos de golpes fuertes, cosas que se quebraban y cosas que retumbaban en el techo como si algo brincara y se dejara caer pesadamente. Cerré mis ojos y mi corazón latía fuertemente, abrazaba a mi mamá y no recordaba que rezar. En instantes los golpes y los ruidos cesaron, pensé que todo aquello había terminado y entonces comencé a escuchar una especie de sonido extraño como de pezuñas de un animal grande andar por el pasillo afuera del cuarto. Mi corazón se aceleró una vez mas y mi cordura me abandonó cuando en la pared se reflejó una sombra afuera en el pasillo. Era de algo que no tenia forma, parecía de hombre y sobre los hombros de aquello estaba una cabeza de la cual se podían distinguir un par de protuberancias que después supe que eran cuernos. No pude más, mi mente se nubló y el terror se apoderó de cada fibra de mi ser. Cerré mis ojos para no ver eso y con toda la fé que nunca tuve, empecé a rezar el padre nuestro. Eso era todo para nosotras; pensé que moriríamos ahí, mil cosas pasaron por mi mente y pedí perdón a Dios. Pasaron unos minutos que se hicieron eternos y de pronto el silencio.

Solo estaba en reflejo de la ventana cuando abrí los ojos y todo parecía haberse calmado. Lloré desgarradoramente mientras abrazaba a mi mamá que aun continuaba ida, no sé cuánto tiempo lloré; pero me alerté cuando ella me tomó del brazo y me dijo :

“Me estas ahogando hija”

Eso fue una luz para mi, esa noche no pudimos dormir y por la mañana mi mamá me hizo una revelación. Mi abuela después de enterarse de la muerte del brujo y continuó escarbando; dice que llegó a ver qué era lo que había enterrado ahí, eran 6 cajas de madera en las cuales había monedas de oro, muchísimas monedas y cadenas de ese material. Quiso sacarlo todo; pero se sentía tan enferma que sintió miedo de morir y tomó 2 monedas que sobresalían de la tierra, luego de tapar todo eso, fue atormentada por días y noches por el espíritu inmundo de mi bisabuelo hasta que por fin murió. Pero era claro que aquello que vi y sentí no era un “fantasma” común, aquello era el mismo diablo. Entonces y para acrecentar mas mi horror, mi mamá sacó un cofrecito de su ropero y me mostró las dos monedas de oro. Eran un par de Aztecas de 20 pesos oro. No las quise tocar pensando que estaban malditas y le rogué a mi mamá las enterrara de nuevo, mas no lo quiso hacer. En ese momento dejamos todo en la casa y me la llevé a vivir conmigo. Con el tiempo murió y mis hermanos y yo vendimos la propiedad a una constructora, tiraron la casa y sus secretos se fueron con ella. El destino de las monedas fue incierto. Cuando sacaron las cosas de mi mamá, yo inmediatamente fui a sacar el cofrecito y ya no estaba, nunca supe que fue de él o de las monedas. Lo cierto es que no volví a pasar por nada paranormal o siniestro en mi vida. Y solo quedará esta historia.

~Eduardo Liñán

 

(Si copias o compartes este relato, menciona y cita los créditos correspondientes. Es una condición de honestidad y honradez darle el crédito a quién lo merece, el no hacerlo te pone en detrimento a ti y/o las páginas donde públicas, Gracias.)

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