Sombras de la Noche

Era un día gris y plomizo de mediados de diciembre. El tiempo era muy frío y húmedo, y amenazaba lluvia. Era un día muy oscuro, incluso más de lo normal en esa época del año, tan cercana a la Navidad.

A las doce de la mañana, parecía que ya fueran las cinco y media de la tarde, y que fuera a anochecer de un momento a otro. El sol no se asomó en ningún momento entre los espesos nubarrones que cubrían el cielo de Londres. Eran muy densos y oscuros, preñados de lluvia.

Helen Cooper, la prestigiosa y experta patóloga forense, se internó en el desierto camposanto mientras se preguntaba a sí misma qué diablos estaba haciendo allí. Sabía que iba a hacer una locura; pero tenía que hacerlo. Tenía que averiguar la verdad sobre Emma Wattles.

Helen llegó hasta la amplia construcción del mausoleo familiar. La herrumbrosa puerta enrejada estaba entreabierta, como si fuera una muda invitación a penetrar en el siniestro y lúgubre recinto prohibido.

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Observó que en el suelo, a un metro y medio, a la derecha de sus pies calzados con botas de color marrón claro; se hallaba caído, tirado de cualquier forma, el candado de acero inoxidable de mediano tamaño que debería resguardar del público anónimo y desconocido, los secretos familiares de ultratumba.

Nada más entrar en el pabellón fúnebre, la doctora Cooper detectó un olor extraño. Como experimentada forense que era, estaba acostumbrada hasta cierto punto al desagradable olor de la muerte de los cuerpos en diversos grados de descomposición; pero aquel hedor era distinto. Era indefinido e indefinible.

Helen sólo pudo encontrar un nombre que pudiera cuadrarle de alguna forma: hedía a malignidad. A algo que no era de este mundo. La doctora desechó aquellas lúgubres ideas y miró en torno suyo. Aquí y allá se veían los féretros de los ancestros de Emma Wattles, que ocupaban las amplias repisas y oquedades de las altas paredes de la construcción funeraria. Pronto encontró, a su derecha, una tumba de mármol gris situada a media altura, sobre la que figuraba cincelado el nombre que estaba buscando.

Helen, llegó hasta ella, y empujó la pesada losa de mármol haciendo un esfuerzo considerable. Bajo ella se encontraba el moderno ataúd de la infortunada mujer asesinada hacía algunos meses, y de la que ella realizó la autopsia. Dominando la natural aprensión, y deseando salir de dudas, levantó la tapadera del ataúd.

Estaba vacío. Por un momento, no supo qué pensar. No era de ningún modo lógico que los restos mortales de Emma no estuvieran allí, en el que debía ser el lugar de su eterno reposo.

Pensó que alguien abría robado el cuerpo, ¿pero con qué motivo? Quizás para crear una falsa leyenda en torno a la bella y esbelta joven asesinada de un tiro en la cabeza.

La mujer que, proveniente de una familia acomodada y aristocrática, se había descarriado muy pronto en su vida quedando embarazada sin tener pareja estable, y después consumiendo y traficando con todo tipo de sustancias estupefacientes.

Había tenido una vida corta y pésimamente vivida, desde el principio hasta el final. Su excesiva e insensata rebeldía innata la llevó a ello. De todas formas -pensaba Helen -ella no tenía ningún derecho a juzgarla, cada cual era libre de vivir su vida como quisiera mientras no perjudicara a otras personas. Lo que sí era cierto, es que Emma había cometido varios delitos por los que no había sido juzgada ante ningún tribunal. Si alguien creía en el karma, había recibido un castigo excesivo a su parecer.

Iba a bajar la tapa de madera sobre el féretro vacío, cuando de pronto escuchó una voz a su espalda, que le cortó en seco la respiración, y provocó que su acelerado y aterrorizado corazón latiera como si fuera un caballo desbocado.

-¿Qué es lo que busca aquí, doctora? ¿Me está buscando a mi? -pronunció alguien desconocido con voz lenta y algo grave.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano por dominar su nervios, la médico forense se dio media vuelta.

Ante ella estaba la esbelta y fantasmal figura de Emma Wattles, envuelta en el blanco y largo camisón de invierno con el que fue amortajada.

(Autor: Francisco R. Delgado, fragmento de la novela de terror que estoy escribiendo, que se titula “PASOS Y SOMBRAS EN LA NOCHE”)

Un pensamiento sobre “Sombras de la Noche”

  1. Muy buena tu historia una vez estaba en mi cuarto acostada y una mujer sin mostrarme el rostro empezó a tocarme el pelo y grite mamá y la mujer se fue tirándose por la ventana

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