El Rondin – Relatos real de miedo

EL RONDIN (#405 – 25/07/2017)
Relato basado en hechos reales, contado por Yojanes A. Mendoza
Escrito y Adaptado por Eduardo Liñán.

Mi relato toma lugar en el hospital general de Tacuba en la Ciudad de México. Fue a inicios de este año, yo me desempeño como guardia de seguridad del hospital y una de mis responsabilidades es hacer recorridos por todo el hospital y revisar varias cosas. Me tocaba desde los sótanos hasta las salas superiores y recorrer largos pasillos, obscuros y solitarios en ocasiones. Las áreas médicas eran tan solitarias de noche y solo se podían escuchar murmullos que te envolvían y te hacían inquietarte. A veces no les daba importancia; pero muchas veces me cuestionaba si no era ruidos que provenían de la avenida transitada que estaba afuera del hospital o de los pasillos del nosocomio.

Los recorridos nocturnos se me hacían demasiado tediosos, nunca pasaba gran cosa y todo era rutinario. Había muchas leyendas y cuentos que contaban los compañeros o las enfermeras, incluso llegue a escuchar a los enfermos y pacientes platicar de esto o aquello. Nunca creí en esas supercherías, hasta que me pasó algo extraño.

En esa ocasión hacia mi recorrido habitual y recorrí varios pisos hasta que llegué a un área de internos donde se trataba a los enfermos desahuciados o terminales. Estaba junto al área de terapia intensiva y tenía un pasillo bastante largo que conectaba ambas áreas. Recorrerlo era muy extraño, te sumías en un ambiente extraño a cada paso que dabas, Ese pasillo en particular tenía una obscuridad inquietante y el clima siempre se sentía muy helado a medida que rompías el también extraño silencio del pasillo con las pisadas.

Casi al final estaba un área de camas donde se atienden pacientes y más adelante una estación de enfermeras en donde sabía que habría por lo menos una que estuviera de guardia. Mientras caminaba, iba revisando una bitácora y vi que estaba solitario solo se notaba la luz al fondo de la estación y caminé sin poner atención, solo veía unas indicaciones y repentinamente sentí un cambio de temperatura recorrerme, a pesar que llevaba chamarra, el frio que sentí fue tal, que comenzaron a darme unos tremendos escalofríos. Instantes después de que sentí esto alcé la mirada y vi de pronto a una enfermera frente a mí causándome una impresión por verla tan de repente. Me seguí de largo y al acabar mi recorrido en esa área, pude notar que no había nadie en la estación, supuse que la enfermera que vi habría sido la del turno.

Regresé sobre mis pasos para tomar el elevador que me llevaría a la siguiente área del hospital y de nueva cuenta vi que al fondo venia la enfermera, la vi con detenimiento y era una mujer que no conocía, no era raro en los hospitales cambian a las enfermeras con frecuencia. Pero esta me causó un poco de impresión por su rostro y su vestimenta. Pulcra y sin arrugas, bien almidonada, La cofia era un poco diferente a las que usaban las enfermeras; pero en general tenía un aspecto limpio.

A medida que nos acercábamos el frío se comenzó a hacer más intenso, fue tanto que mi aliento se condensaba a cada respiro. Pensaba en que tenía que reportar eso cuando cruce mirada con la joven enfermera. Eran un par de ojos inexpresivos y fijos en algún punto de la estación. Por inercia le hice una mueca como queriéndola saludar y ella se me adelantó.
–Buenas noches, señor. –Me saludó con una voz tenue que apenas si logré escuchar.
–Buenas noches, señorita –Le respondí, mientras me estremecía el frío.

Mientras caminaba, se alejó unos pasos de mí y entonces me di cuenta de algo en lo que no había puesto atención: La enfermera no hacia ruido al caminar. Casi instintivamente voltee para ver a la joven, en efecto tras esa pulcra imagen de la enfermera dedicada a sus pacientes había un escalofriante detalle: no tenía piernas.

Un repentino escalofrío me recorrió por todo mi cuerpo al tiempo que mi rostro se quedó paralizado al ver que esa amable señorita levitaba por el aire sin tocar el piso. Esa parte donde debían ir las piernas se veía como un borrón en la realidad, iba lento y directo hacia la obscuridad del pasillo en donde estaba el área de camas. No sé cuánto tiempo pasó hasta que la aparición desapareció a lo lejos perdiéndose de vista. Apenas iba a reaccionar cuando una voz conocida me alertó y voltee para ver quien me estaba hablando. Era una de las enfermeras del turno, su rostro denotaba miedo y preocupación; con su frágil y entrecortada voz me preguntó:

–¿Viste esa cosa? Dime que la viste –Dijo con voz alterada.

Sin saber que responder le dije que si había visto algo extraño; pero que no sabía explicar que era. Sin demora corrimos hacia el cuarto donde estaban los monitores del circuito cerrado para verificar que nuestros ojos no nos engañaban. Luego de revisar durante un rato por fin pudimos ver una imagen, en ella se veía como en una de las puertas de los desahuciados esa aparición se metía a la habitación atravesando la puerta o desapareciendo frente a ella. Fueron solo unos segundos que logramos ver eso y aun ahora que lo pienso me da escalofríos. Las demás cámaras no lograron captar nada por lo obscuro del lugar; pero con esa pequeña y borrosa imagen nos dimos cuenta que no habíamos estado solos. Luego de meditarlo un rato y vernos entre si determinamos que eso era la aparición de “La planchada”.

Espíritu errante que vaga por los hospitales atendiendo enfermos. Para mi esa afirmación si me la hubieran hecho antes me hubiera causado risa; pero ahora me había tocado a mí verla y luego de platicar con varias enfermeras en efecto, ellas de tanto en tanto reportaban que andaba en piso una compañera que velaba por los enfermos. Nunca más quise tener el turno nocturno, tenía el temor de que “La planchada” se me apareciera de nuevo.

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