EL PERRO – Relato basado en hechos reales

EL PERRO (#408 – 25/07/2017)
Relato basado en hechos reales, contado por Abigail Justiniano
Escrito y Adaptado por Eduardo Liñán.

Fue en el verano del 2000, en el mes de Julio, tenía 17 años. Era época vacacional de invierno en Bolivia, Así que mi familia y yo emprendimos un viaje al pueblo de mis abuelos en los valles cruceños, un área rural rodeada de laderas y vegetación en los que te hundías en un ambiente de relajación agradable a los sentidos. Cada año emprendíamos el viaje para escapar del barullo de la ciudad y perdernos por unos días en aquellos lugares remotos, llenos de carencias; pero felices de poder se parte de él.

Así que salimos muy temprano; aunque más tarde de lo previsto. Cuando llegamos a la región ya estaba obscuro a pesar de ser temprano aun. Mi padre no manejaba en esas condiciones asi que decidimos pasar la noche en una de las casas de mis abuelos en la orilla de unos montes escapados y cercanos al pueblo donde ellos vivían. La casa era rústica, de madera con techo de lámina y con pocas prestaciones. Solo había una cama donde dormían mis padres, mientras que mi hermano y yo lo haríamos en el piso de madera de la vivienda. Cenamos algo de lo que ya llevábamos, en la alacena no había gran cosa y mi mamá tuvo que encender la estufa de leña para calentar algo de la comida, mientras esperamos a que llegaran mis abuelos y un par de tíos a la casa. Entre charlas y risas el cansancio nos venció, como ya era muy tarde mis familiares decidieron quedarse en la casa a dormir. Así que nos acomodamos para descansar y por la mañana emprenderíamos el camino al pueblo a la casa grande de los abuelos.

La obscuridad del lugar y los ruidos nocturnos del monte nos comenzaron a arrullar, apenas iba entrando en el sueño profundo cuando un ruido extraño inundó el ambiente. Fue un llanto, alguien se había quejado afuera en el patio de la casa, el cual era bastante amplio. Me alerté y me paré buscando entre la obscuridad el origen del sonido. No fui la única, mis papás también se alertaron y mientras mi padre miraba por la rendija de la ventana hacia el exterior. Mi mamá exclamó:

– ¿Escucharon eso?

Tanto mis abuelos, mis tíos y yo contestamos al unísono y susurrantes que si habíamos escuchado, Y nos quedamos en total silencio, luego de un rato se volvieron a escuchar los llantos; pero esta vez eran más fuertes y eran lamentos de dolor, de una mujer a la que le estaban causando algún daño. Algo raro porque no había vecinos a la cercanía, solo nosotros estábamos ahí. Cuando los lamentos se comenzaron a escuchar más cerca yo empecé a tener temor y abracé a mi abuela que estaba también tensa y helada.

Todos estábamos petrificados y no queríamos movernos, mi padre aún continuaba viendo por la ventana y mi abuela le advirtió que no espiara que quizá sería algún espectro que merodeaba en el monte intentando llamar la atención para hacernos salir de la casa, las consecuencias de hacerlo podrían ser funestas. A todos se nos espantó el sueño y no sabíamos que hacer, no queríamos movernos, ni siquiera respirar. Los lamentos se escuchaban a veces cerca y luego lejos. Haciendo más tenso el momento y la locura comenzaba a asomarse en mí, quería salir corriendo; pero ¿A dónde? Mi abuela apretaba mi mano también con algo de pánico y poco a poco el cansancio nos comenzó a vencer, quedándonos dormidos y teniendo en cuenta que los lamentos no nos harían daño; pero entonces sucedió algo horrible.

Una leve ventisca comenzó a sentirse en el exterior. Las ramas de los arboles rascaban el techo de lámina de la casa haciendo un ruido escalofriante y algunas cosas comenzaron a caerse por el viento que poco a poco comenzó a arreciar, tanto que de forma intempestiva las puertas de madera de la entrada principal se abrieron de par en par tirando la aldaba por el piso. El escándalo y nuestros gritos hicieron un caos; pero casi al instante nos quedamos todos callados y petrificados ante la obscura presencia de un perro negro que estaba afuera de la puerta. Era grande y cubierto de un pelaje negro y grueso que contrastaba con un par de ojos brillantes que parecían emitir tenues llamas que lograban iluminar un hocico provisto de amenazadores dientes. Gruñía y parecía estar ahí estático como esperando que alguien se moviera para atacarlo. Los gruñidos eran raros, parecía que lo hacían varios animales a través de ese ser infernal.

No sé cuánto tiempo pasó; pero apenas el perro movió una pata para introducirse en la casa. Los que estábamos en el piso brincamos de susto y corrimos a la cama junto a mis padres que estaban al otro extremo, mi tía que era la más arrojada, corrió a la cocina por una escoba y tratar de asustar al animal. Usando toda su adrenalina tomó firmemente el palo de la escoba y corrió dando maldiciones al animal que al verla se dio la vuelta y corrió hacia el patio y mi tía tras él. Todos le gritamos frenéticamente que no lo hiciera y aun así salió de la casa y desapareció en la obscuridad.

Pero no tardó mucho en dar un grito que alertó a mi abuela y se paró corriendo; como la tenía agarrada, no la solté y salí junto con ella, suplicándole que no lo hiciera. Corrimos unos pasos entre la oscuridad del patio y vimos a mi tía parada viendo algo y agarrando la escoba, temblaba. Cuando mi abuela se acercó a preguntarle que había pasado, con un dedo tembloroso y con la boca trabada de miedo, señaló algo y al mirar nos sorprendimos y mi abuela se persigno asustada.

Frente a nosotras había varias cruces hechas de ramas enterradas. Estaban perfectamente acomodadas en el suelo de tierra y parecía que estuvieran invertidas. Aun con la impresión de ver aquello jalamos a mi tía para que se metiera a la casa. Apenas íbamos cuando vimos que el animal corría para meterse a la casa ladrando y haciendo ruidos extraños. Corrimos con el alma en un hilo y al entrar todos estaban espantados diciéndonos que el perro se había metido debajo de la cama.

Era imposible, la cama no tenía tanto espacio abajo para que el enorme animal se metiera. Mi tía frenética comenzó a asestar escobazos por debajo del colchón y la bestia parecía gruñir y morder el palo de la escoba. Nadie quería acercarse, todos teníamos el temor de ser atacados por la horrible bestia. Después de un rato de estar luchando con el perro. Todos intentaron levantar la cama para sacarlo y darles de palos; pero antes de que pudiéramos hacerlo el animal salió de improviso volteando la cama y corriendo a la salida. Antes de que pudiera hacerlo se abalanzó sobre el abuelo y lo miró con mucha furia, haciendo sus gruñidos infernales. El viejo se paralizó y el animal corrió para salir de la casa. Al hacerlo mis tíos presurosos cerraron las puertas con un pesado baúl y acomodamos todo. Por esa noche no pudimos dormir, en el ambiente se había quedado un hedor a perro y a mierda que era insoportable. A pesar de eso no quisimos abrir las ventanas temiendo que el animal regresara. No lo hizo; pero los lamentos continuaron y se escuchaban a lo lejos haciendo más tensa la situación. Entonces algo inusual se le ocurrió a mi abuela. Ella decía que las ánimas y los entes no soportaban el hedor humano como los orines o el excremento, así que en un acto desesperado se orinó en un vaso y regó el contenido en la puerta y ventanas. Por extraño que pudiera parecer funcionó y los lamentos, además de los gruñidos fueron desapareciendo mientras avanzaba la noche.

De algún modo amanecimos dormidos. Todos estábamos espantados y más mi abuelo que quizá se llevó la peor parte al ver de cerca al perro infernal. Nuestras intenciones de quedarnos se vinieron abajo al ver las cruces enterradas en el patio y las pisadas de las patas del perro. Estábamos aterrados y llenos de un espanto tan terrible que todos enfermamos de la panza. No lo soportamos y ese mismo día regresamos a la ciudad. Nadie mencionó nada del hecho durante el trayecto, un silencio incómodo gobernó durante el regreso y al llegar a la casa. Cada quien se encerró en sus habitaciones sin la intención de salir. Poco a poco comenzamos a recuperarnos del susto, hasta que 3 días después mi tía habla y nos avisa que el abuelo había muerto de un infarto, producto de la impresión de ver tan cerca a la muerte que, finalmente se lo llevó. Al funeral solo fueron mis padres, tanto mi hermano y yo no quisimos ni por un segundo volver al valle y pasó mucho tiempo antes de que pudiéramos hacerlo.

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