El Manto de la Muerte

 

EL MANTO DE LA MUERTE.

Has sentido esa sensación de desesperanza que te impide levantarte cada día, con las ganas de luchar por algo. Ese sentimiento, se ha apoderado de mi, de repente es como si hubieras muerto, pero en vida. De pronto lo que te causaba alegría, hoy es tan indiferente, tan efímero, es como si ya nunca podrás volver a sonreír. Así es la tristeza, es como aquella nube que opaca el sol y convierte el día, en un gris, sin brillo.

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Hace algunos meses perdí a mi hija, tan sólo tenía 12 años, pero la leucemia no respeta la juventud. Fruto de una aventura, nació la mujer que más he amado en mi vida, mi pequeño tesoro. Su madre la abandonó cuanto tenía seis meses, desde entonces yo me encargué de cuidarla y darle lo mejor de mí, cuatro años atrás luche a su lado contra esta terrible enfermedad, finalmente ella murió. Y al irse ella, mi alma se fue a su lado.

Pero no estoy aquí para contarte sobre mis penas. Sin embargo si te contaré como este acontecimiento cambio mi vida. Diré que soy un cobarde, y aunque lo he querido, nunca he sido capaz de llegar al suicidio. Pero mis deseos de morir tan sólo son una ilusión y en realidad no quiera hacerlo, sea lo que sea era incapaz de ocultar la tristeza que cargaba en mi corazón día tras día.

Una noche fría, como todas las de mi ciudad, alguien tocó en la puerta, dormitaba en mi alcoba y no asimile bien el toc toc, sino hasta que está vez golpearon con mayor fuerza. Una breve batalla entre mi mundo de sueños y mi mundo real se llevó acabo, al final supe que era todo el real. Abrí mis ojos, aún me encontraba en estado de estupor, pero consciente de lo que sucedía a mi alrededor. Mire mi reloj y las 11 p.m, ayudaban a espabilarme. ¿ Quién podía ser a esa hora? Más sabiendo que nadie me visitaba, ni siendo temprano, mucho menos a esa hora.

Descendí muy despacio, armado por un perchero en mi mano derecha y mi corazón a punto de salir por mi boca, latía tan fuerte, que parecía que todo mi cuerpo vibraba a su ritmo, y yo era incapaz de controlarlo. Mire por el ojo mágico de la puerta, un extraño señor de capucha negra que no dejaba ver su rostro esperaba a que yo le abra. Obviamente no le abres la puerta a un extraño que toca a tu puerta vestido como monje, a las 11 de la noche. Lo amenace pidiendo que se marche o llamaría a la policía, que infantil, seguro el hombre iba a salir corriendo. Agarre el perchero con las dos manos, sin dejar de temblar como celular en modo vibración; nuevamente mire por el ojo mágico y el ser no estaba. Logre espantarlo, mi infantil amenaza, había dado fruto, el hombre se había ido.

Lastimosamente fue un breve espejismo, despegue mi ojo del ojo mágico y al darme vuelta, quede horrorizado, aquel hombre encapuchado estaba frente a mí. No dejaba ver su rostro, utilizaba una túnica, que lo cubría de pies a cabeza, de color azabache, con los filos desgastados y rotos. Intenté golpearle con el perchero, pero estaba en estado de shock, incapaz de decir o hacer algo, para defender mi vida.

– Has estado triste, mucho tiempo – dijo el encapuchado, al contrario de lo que podía pensar, su voz era serena y transmitía un cierto estado de paz que no puedo describir -. Yo quiero ayudarte.
– ¿ Qui… Qui… quién es usted? – interpele aún atónito y confundido.
– La parca, la flaca, la pelona, la muerte… existen infinidad de nombres para dirigirse a mi – sonrió -. Pero puedes llamarme… La Calaca.
– ¿La Calaca? – nuevamente custione.
– Si, es el que más gracia me da… ¿No lo crees?
– Tu no existes.
– Claro que existo.
– De… dem… demuestralo.
– Podrías explicarme, ¿cómo entre a tu casa, si todo está con seguro? – como era de esperarse no supe que contestar a eso -. Mira te conviene escucharme, que te parece si tomas asiento y charlamos un rato.
Con miedo, obedecí al extraño, todo era tan raro que cabía la posibilidad de ser real.
– Te ofrecería una taza de café, pero es tu casa, supongo que tu deberías ofrecermela – dijo. Prepare café, sin poder dejar de temblar, como si aquel extraño personaje me estuviera dominando. Serví un poco para él y otro poco para mí y continuamos la conversación.
– Deja de temblar, no te voy hacer nada, lo prometo – aseveró mientras daba pequeños sorbos al café -. Caliente – sopló la taza para tratar de enfriar la bebida -. Vine a ofrecerte trabajo. No tendrás que preocuparte por comida, salud, vivienda. Viajaras todos los días, sin ataduras, libre como el viento.
Que absurda propuesta, pensé en mi cabeza. De repente todo era tan ireal que llegue a pensar que estaba inmerso en una alucinación producida por la tristeza, como si eso pudiera ser real, ahora vagaba entre pensamientos tan tontos y absurdos tratando de encontrar lógica en ellos.
– No entiendo, ¿de qué está hablando?
– Verás, cada 1000 años, la muerte debe ceder su manto… han pasado 1000 años desde que yo me coloqué el manto, ha llegado la hora de pasar el manto a otra persona. Yo te elegí a ti, tu serás quien porte el manto de la muerte por los próximos 1000 años – el extraño hablaba con tal naturalidad que hacía que sus palabras cobren veracidad.
– Usted está muy loco – bebí un sorbo de café, buscaba valor en la bebida oscura, para seguir hablando -, por favor, váyase de mi casa.
– he estudiado tu vida, tu familia te abandonó cuando saliste con alguien de clase social baja, nunca más volvieron hablarte, eso hace ya casi 14 años. La mujer por la que tú familia te dio la espalda, también te abandonó. Y tú querida hija, murió. Entonces si un día faltas a este mundo, estoy totalmente seguro que nadie lo notará.

Las palabras más duras que me han dicho en toda mi vida, no obstante ese ser tenía razón. Quede en silencio, y toda la casa adoptó ese silencio sepulcral, tan sólo interrumpido por mi corazón, a punto de explotar, antes por el miedo, ahora mezclado por la ansiedad, tristeza y dolor.

El ser permanecía oculto tras la capucha, me era imposible observar sus gestos, pero en su voz se notaba seriedad. En ese momento el bebió otro poco de café, fue entonces cuando pude ver sus manos, eran extremadamente delgadas, podía ver todos los huesos de los dedos, recubiertos de piel arrugada y pálida.
– Imagina una vida sin tristeza, sin preocupaciones, sin recuerdos…
– Se lo que hace la muerte – dije con un tono de mofa -, el trabajo que me ofrece, es convertirme en asesino.
– No necesariamente, piensa en tu hija, crees que era justo verla sufrir, llorar todos los días agobiada por el dolor, ¿no crees que ella descanso? ¿O acaso te gustaría verla agonizar, sufriendo por dolores terribles que sólo calman con morfina, pero que la mantienen dopada, viviendo como zombi?
– No se meta con la memoria de mi hija – era evidente que la muerte tenía razón, sin embargo había metido el dedo en la llaga, que todavía estaba supurante y abierta.
– Está bien, pero piensa que al ser la muerte, tienes ingreso al mundo de los muertos, podrías visitar a tu hija todos los días – la muerte sabía por dónde convencerme, yo estaba cayendo en su trampa.
– Eso es imposible.
– No hay imposibles para la muerte – la muerte terminó su café, se levantó de la silla y marchó, no sin antes decir – piensalo, mañana a esta misma hora volveré para conocer tu decisión.

Al cabo de algunos segundos estaba otra vez sólo. Analicé todas las palabras que la muerte me dijo, pero había una frase que se había enraizado en mi cabeza: visitar a mi hija todos los días. Al final esa fue la razón por la que acepte.

A la noche siguiente, justo a la misma hora que el día anterior, tocaron la puerta. Abrí la puerta y no había nadie. Sin embargo alguien dejo una caja en el piso, era negra con filos dorados y un paisaje tenebroso se dibujaba en la parte superior, montañas borrascosas y árboles deshojados bajo una luna llena, todo en color dorado con acabados negros, como en degradé. La levanté, no pesaba más de 2 kilos.

Cerré la puerta, lleve la caja justo a dónde el día anterior comparti un café con la muerte, ahí permanecían las tazas, tal y como se dejaron. Me sobresalte, un hombre cadavérico de piel blanca, estaba sentado frente a mi, era calvo, arrugado como pasa, de nariz aguileña y encorvado.
– ¿Quién es u… u… usted? – pregunté asustado.
– ¿Ya me olvidaste? Ayer compartimos un café.
– Sin el manto… es… es dif… diferente.
– El manto ya no es mío, ahora es tuyo. Sólo firma el contrato y serás la muerte por los próximos 1000 años – yo no estaba preparado para este compromiso. Además que sonaba tan ridículo, haber conseguido el trabajo de la muerte.
– Yo no acepte ser la muerte – proteste.
– Piensa en tu hija, la mirarias cuando quisieras… abre la caja – me dijo, yo obedecí.

Abrí la caja, en su interior había un pergamino, junto a una pluma, al parecer pertenecía a un halcón, era negra y brillante. El pergamino, estaba en blanco. Y había otro pergamino, tenía escrito algo que no entendí y al pie del documento, había dos espacios para firmar. Adicionalmente un pedazo de tela color azabache.

– ¿Qué es esto? – dije mostrando con desdén los pergaminos.
– Es el pergamino de misión, ahí saldrá escrito el nombre de a quién le “llegó la hora”. El segundo es tu contrato que caducará en 1000 años y finalmente el manto de la muerte, el te dará los poderes más grandiosos que jamás has creído posible que existan a y por supuesto una pluma mágica, con tinta inagotable, para que taches a tu víctima, una vez hecho el trabajo.
– Acabo de comprobar que esto es un sueño – aturdido rete a la muerte -. Muestrame sus poderes.
– Por desgracia mis 1000 años de ser la muerte, han terminado – explicó aquel decrépito hombre, quien se notaba cansado -. Ahora solo soy Atereo de Castilla, un simple Herrero, sin nadie que lo recuerde, como tú.
– Yo no he decidido tomar su puesto.
– Con la túnica, serás rápido como una bala, incluso más, te moverás como el viento de un lugar a otro – Dijo la muerte, ignorando mi afirmación de no utilizar el manto -. Serás fuerte – continuo explicando-, tan fuerte que podrás levantar 500 hombres subidos en un camión, tu memoria y sentidos son un regalo aumentado hasta el 200%. Además no comerás, no sentirás hambre, sed, ni sentirás calor, tampoco frío. A cambio de todo eso solo tendrás que mantener el equilibrio entre vida y muerte… y olvidaba mencionar que tendrás tiempo de sobra para estar con tu hija.
– Quería firmar, pero de todo lo que dijo Atereo, lo que me instaba a firmar era ver a mi hija.
– Ponte la túnica, experimenta su poder y te animarás a firmar – sonrío -. Si lo usas más de seis horas, ya no podrás quitártelo.

Así lo hice, no perdía nada con probar el traje. Al principio fue fantástico, me movía entre rendijas, como el viento, podía entrar a cualquier lugar, no existían límites y lo mejor era que nadie podía verme. También probé mi fuerza, no cargue un camión lleno de 500 hombres, pero si levanté piedras enormes, camiones, incluso casas. Podía permanecer en un refrigerador sin inmutarme y meterme a calderas, sin derramar ni una gota de sudor. Pero lo mejor de todo fue traspasar el reino de los muertos, miles de almas vagaban por un sendero oscuro y lleno de rocas. Ahí pude ver a mi pequeña, sus ojos marrón me miraban con alegría, corrí hacia ella y la abrace, ella hizo lo mismo, fue un abrazo eterno y lleno de amor, bese su mejilla y desapareció.

Todo lo vivido fue tan real y efímero que decidí firmar el contrato. Me reuní en mi casa con el anciano, firme el contrato y el sonrió. De repente el manto se adhirió a mi, intenté quitármelo pero fue imposible. Segundos después el pergamino en blanco brillo, una luz roja intensa atravesó mi casa, lo tome con mi mano derecha y lo leí.
– ¿Qué es esto? – pregunté.
– Tu primera misión – dijo Atereo -. Cada vez que ese pergamino brille, será la persona o personas que debes llevar a la tierra de los muertos.
– Pero aquí dice Atereo de Castilla.
– Exacto, ya llegó mi hora de descansar, después de mil años de transitar incontables caminos.
– No sé hacerlo.
– Con el tiempo aprenderás – sonrió -, sólo toca mi corazón y el dejará de latir.

Lleve mi índice derecho a su pecho, temblando y muy lentamente, al cabo de algunos segundos, su corazón se detuvo y el viejo cayó muerto en mi piso. Después todo se oscureció, toda mi vida anterior se iba desvaneciendo, como si alguien estuviera borrando mis recuerdos en un computador, alguien apretaba el botón suprimir y ese recuerdo dejaba de existir en mi cabeza. Mi familia desapareció, la madre de mi hija, la tristeza que me había gobernado empezaba a marcharse y ya no sentía melancolía, miedo o ansiedad, todo había desaparecido. Finalmente estaba frente a mi hija, la abrace y bese por última vez, en cuestión de segundos ella dejará de existir en mi vida, supongo que debí leer la letra pequeña del contrato, pero ya es muy tarde. En algunos minutos seré definitivamente la muerte, sin una vida anterior.

 

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One thought on “El Manto de la Muerte”

  1. Me parece patético utilizar enfermedades, de niños o familiares para captar el interés del lector a fin de llamar la atención de una historia que, en sí misma, podría parecer interesante a un tipo de público. A mí me gusta la literatura fantástica, soy muy fan de Terry Prattchet.

    Hubiera estado mejor la historia si no hubiese utilizado el recurso de la pena y el victimismo para hacerla real. Es un recurso literario al que sólo acuden los mediocres que no saben captar de otro modo la atención de los demás.

    Podría haber estado bien como relato pero como caso real me parece una burla hacia las familias en esa situación. No es de recibo utilizar el dolor por un poco de atención.

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