Leyendas de Nuevo León Venganza

VENGANZA
Relato basado en leyendas locales y sucesos reales del estado de Nuevo León.
Escrito y Adaptado por EDUARDO LIÑAN

Linares, Nuevo León, México. Era una mañana soleada y Doña Bertha Elizalde preparaba el desayuno para su esposo Don Marcelo Elizalde. Había hecho unas migas con huevo y fritado unos frijoles del día anterior. Mientras colaba el café, su viejo esposo le daba de comer a las gallinas y los cerdos que tenían en el patio de su casa. La propiedad era grande y el terreno lo habían heredado de la mamá de doña Bertha, hacía muchos años. Vivían solos, sus hijos habían muerto meses atrás al ser levantados y asesinados por el crimen organizado, muy a su pesar sabían que sus hijos habían andado en malos pasos y su cruel destino fue producto de sus malas decisiones.

La casa, sus animales y los recuerdos que colgaban de las paredes era todo lo que les quedaba. A pesar de su soledad eran felices y se tenían uno a al otro, casi 50 años de feliz matrimonio lo confirmaban y esa mañana como todas la mañanas era la misma rutina y el mismo desayuno. Por la tarde irían a comprar víveres a una tienda local y alimento para sus animales. En eso pensaba Doña Bertha cuando entró de improviso su esposo, estaba agobiado por el calor y se bebió un vaso de limonada, en tanto se sentaba en la mesa y comenzó a hojear el periódico. La señora le sirvió el café y mientras le colocaba el azúcar, el señor se acordó que no había alimentado a “Chelelo” un viejo pitbull que había sido de su hijo y le tenía mucho aprecio.

Doña Bertha le terminó de servir las migas y los frijoles, indicándole que ella lo haría, así que tomó la comida del perro y salió a un cobertizo donde estaba la casita del can. Mientras jugaba con él, escuchó que a lo lejos se acercaban unos vehículos. Eran varias camionetas de modelo reciente que se estacionaron afuera de su propiedad; de ellos se bajaron varios hombres, unos bien vestidos con uniformes bordados de algunas compañías y logos del gobierno, además de varios líderes ejidales, cuyo aspecto rememoraba a aquellos jefes mafiosos de antaño. Mientras discutían entre ellos, algunos tomaban fotos de la propiedad, otros tomaban medidas y otros hablaban sobre donde colocarían una estación de gas y servicio para los ejidatarios y sus ostentosas camionetas.

Doña Bertha mirando toda aquella escena con extrañeza, con pequeños pasos se acercó a los que parecían ser los líderes de aquella multitud y con una voz tranquila les preguntó que se les ofrecía. Aquellos hombres haciendo alarde de su prepotencia y mirando con desprecio a la frágil anciana le dijeron que venían a tomar posesión de la propiedad ya que uno de sus hijos había empeñado su palabra y los terrenos para pedir un dinero que se les debía, con su muerte la deuda no había sido saldada y venían a reclamar los terrenos, de tal suerte que tenía que firmar unos documentos para que les dieran una compensación y cederles los derechos.

La señora no era fácil de disuadir ni amedrentar, se plantó frente a ellos y sabiendo que todo era una argucia para despojarla a ella y su marido de la propiedad, les dijo que las deudas de su hijo se las había llevado a la tumba y que no firmaría nada, que le hicieran como quisieran. Los hombres burlándose se dieron la media vuelta y algunos otros comenzaron a entrar en la propiedad, cuando esto sucedió, Doña Bertha corrió a la casa mientras “Chelelo” ladraba frenéticamente al ver a los intrusos en el terreno.

Pasaron unos minutos y abriendo la puerta de la cocina violentamente salió Don Marcelo con rostro iracundo, armado con un machete, profiriendo insultos a diestra y siniestra; el odio que había en sus ojos y su puño blandiendo el machete de forma amenazadora, hizo que los hombres salieran rápidamente del terreno y se pusieran alerta. El anciano desató al perro y este corrió a la cerca para ladrarles. Se acercó y amenazó a todos diciendo que cualquiera que cruzara lo mataría sin tentarse el corazón. El contingente sorprendido lo miró y se dieron cuenta que hablaba en serio. Decidieron mejor retirarse y entre risillas burlonas miraron a Don Marcelo y le lanzaron una advertencia. Si no quería problemas tenía que salirse de su casa cuanto antes, no habría más advertencias. Los hombres subieron a sus vehículos y se marcharon.

Luego del episodio amargo, los viejos se quedaron agobiados y pensaron que todo aquello era un error. Aun así tratarían de arreglar el asunto en el pueblo. Tenían sus papeles y aunque debían algunos prediales no era como para sufrir un despojo. Quizá su hijo firmó algo; pero la propiedad les pertenecía genuinamente a ellos. Esa misma tarde fueron con un notario en el pueblo y les indicó que todo estaba en orden, que esa gente no podía despojarlos y que sería mejor interponer una demanda para que no los molestaran. Esa noche regresaron a su casa más tranquilos y continuaron con su rutina. Don Marcelo todas las noches amarraba a los animales y se aseguraba que las gallinas estuvieran todas en su corral, luego de hacer esto salía al camino y fumaba un cigarro.

Mientras miraba a las estrellas, escuchó de pronto un ruido que provenía del camino, al mirar solo vio obscuridad y algunas luces que iluminaban tenuemente la polvosa vereda que conducía a su casa y antes de que pudiera reaccionar de entre ellas salió una figura amenazante que corría directamente a su encuentro. Todo transcurrió rápidamente, el hombre recibió un golpe que lo aturdió y luego un dolor agudo en el vientre. Sintió que sus entrañas se rompían y luego una oleada de dolor interminable hizo que lanzara un grito seco de espanto al sentir que la vida se le iba. Con desasosiego vio como un afilado cuchillo entraba y salía de su carne arrebatándole la vida y llenando de sangre sus pies. La mano que se había aferrado a su cuello, lo jalaba para hacer más fácil el crimen. Don Marcelo cayó al piso sin sentido y cubierto con su propia sangre. Los animales habían sido los únicos testigos del asesinato de su amo. “Chelelo” comenzó a ladrar al ver la sombra del criminal meterse a la casa con intención de matar a Doña Bertha, la cual momentos antes había sentido un golpe en el pecho como presintiendo la muerte de su amado esposo. Se levantó de su cama apenas escuchó los ladridos del perro y notó que alguien estaba intentado abrir la puerta principal. Corrió apenas vio por un ventanal que la persona que intentaba forzar la puerta se dirigía a la parte trasera de la casa y sin temor, fue al cobertizo para desatar a “Chelelo”, luego de hacerlo vio como el perro se perdía en la obscuridad y luego los ladridos se convirtieron en gruñidos, luego el silencio, el perro había sido asesinado.

Doña Bertha Elizalde sintió que la sangre se le helaba y un torrente de sentimientos de angustia y pena la recorrió de pies a cabeza al ver el cuerpo tendido de su esposo en la calle, iluminado con la lámpara de un poste. Corrió angustiada y gritando el nombre del señor caído. Al llegar la escena era dantesca, su amado esposo y compañero estaba tendido en el piso, lleno de sangre y con varias puñaladas por todo su cuerpo; pero lo más horrible fueron sus ojos, estos no estaban, le habían sido arrancados y tenía las cuencas vacías. Derrumbándose por un lado del cuerpo de Don Marcelo comenzó a llorar quedamente hasta que los llantos fueron gritos de gran dolor. Luego de un rato arrastró el cuerpo de su marido hasta la sala de su casa donde se dispuso a velarlo.
La mujer estaba devastada. Ahora estaba velando a su infortunado marido, en la sala de su casa. completamente sola, con los recuerdos de una vida que le habían arrebatado, permanecía sentada viendo fijamente el cadáver tendido en un petate y rodeado de cuatro sirios, No había avisado a nadie, ni a la policía, ni a los conocidos, decidió enterrar a su marido en el patio junto a un árbol de higos. Un par de lágrimas rodaban sus mejillas. Así permaneció hasta la madrugada y cuando por fin reaccionó. Doña Bertha se levantó de su silla, limpió sus lágrimas y su mirada ahora dura y ajena a los sentimientos. Arrastró el cuerpo hasta el árbol y empezó a cavar un agujero con sus pocas fuerzas, cuando por fin cavó lo suficiente, echó los restos de Don Marcelo y lo enterró.

Se dirigió a su cuarto y abrió un gran baúl antiguo que había sido de su madre, donde guardaba aún más recuerdos y cosas de valor. Sacó una caja de madera de caoba cerrada con un gran candado. Al abrirla, dentro había unos objetos raros y siniestros. Eran pequeños y amarillentos huesos, pedazos de sirio negro, una daga flamígera con la hoja hecha de marfil y un libro negro forrado en piel de animal. El libro contenía un sinnúmero de hechizos, grabados antiguos y sellos demoniacos…era el manual de una bruja; Su mamá lo había sido, le había pertenecido a ella.

La mamá de la señora Bertha había sido una bruja muy poderosa que había llegado a México y a la región como refugiada de tierras lejanas en Europa del este. Trayendo consigo sus tradiciones y costumbres; pero además sus creencias y prácticas en la brujería. Al morir le heredó el libro y algunos conocimientos a Doña Bertha que lejos de practicar con esas artes obscuras, se limitaba a saber de los peligros que implicaban, además de no querer consumir su vida como lo había hecho con su madre. El precio del conocimiento y el poder era alto y ahora ya no tenía nada que perder, en su mente solo cabía un pensamiento: Vengar la muerte de su esposo.

Tomó los sirios que habían iluminado el ataúd de Don Marcelo y dibujó sobre el piso un círculo con símbolos antiguos, se desnudó y entró en él, recitando unos llamamientos en lenguas extrañas que resonaron en la habitación, cuyo ambiente se tornó obscuro y sofocante. El conjuro no era algo simple, era una práctica de alta magia cuya finalidad era invocar al mismo satanás y poseyera el cuerpo de la persona que estuviera dentro del círculo, para pedirle cualquier cosa a cambio del alma. Cuenta la leyenda que la anciana tuvo éxito y que frente a ella, en medio de una humareda pestilente se le apareció el señor de las tinieblas preguntándole que deseaba. A lo que Doña Bertha solo respondió: “quiero que mueran los que mataron a mi esposo…”

Días después las autoridades llegaron a la casa de Don Marcelo y Doña Bertha por una denuncia anónima, apenas llegaron y se dieron cuenta que el lugar estaba totalmente desierto. La casa permanecía abierta y al fondo había un vehículo quemado que aun humeaba. Al acercarse se percataron que los restos eran de una camioneta lujosa de reciente modelo y al asomarse hicieron un macabro hallazgo, en la parte trasera estaban atados de pies y manos los cuerpos de cinco personas apiladas una sobre otra, estaban desnudas y presentaban huellas de tortura; pero lo más inquietante fue que a todas les habían extraído los ojos de forma violenta, arrancados de sus cuencas. Al revisar por la propiedad hallaron la tumba de don Marcelo el cual estaba semienterrado con algunos dedos saliendo de la tierra.

Al acercarse a la entrada de la casa, vieron que la puerta estaba entreabierta y luego de gritar, decidieron entrar para investigar. Fue una sorpresa hallar a Doña Bertha Elizondo sentada en una mecedora, estaba tranquila y sonreía levemente mirando fijamente a los agentes, los cuales se alertaron al ver que la anciana estaba cubierta de sangre, en su mano empuñaba el machete que había sido de don Marcelo y que estaba apoyado de punta en el piso, un pequeño charco de sangre lo rodeada; pero quizá lo más horroroso era el collar de ojos que colgaba de su cuello. Eran 10 órganos que estaban entrelazados con mecate y que servían de collar para la anciana. Esta sonreía tranquilamente y en unos instantes antes de que los agentes pudieran preguntar algo, cerró sus ojos y murió. Su corazón se detuvo dejando con muchas dudas a las personas que estaban en el lugar.
Con el tiempo y las investigaciones, determinaron lo que había sucedido en aquella propiedad, todo era increíble y horroroso. Habían quedado muchas preguntas las cuales no tuvieron una respuesta convincente, se estableció que todo había sido producto de un ajuste de cuentas del crimen organizado. Luego de la muerte de los ancianos el estado reclamó la propiedad y se formó la leyenda, que cierta o no. No deja de ser inquietante.

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