La vidente (Relato de misterio)

LA VIDENTE

(Relato de misterio)

La mujer de mediana edad, paseaba aquella mañana de primavera por la zona más céntrica de su pequeña localidad.

Hacía dos días que habían colocado en su población un mercadillo medieval, y aquella mañana de Viernes Santo, salió a dar una vuelta, para mezclarse con gente desconocida y tomar un poco el sol.

La excelente temperatura primaveral rondaba los veinte grados. Julia Martínez paseó tranquilamente entre los puestos y tenderetes del mercadillo. Le llamó la atención la pequeña tienda de campaña de una tarotista.

El cartel que había delante de la tienda decía que una tirada completa valía quince euros. A pesar de que no creía mucho en esas cosas, sintió curiosidad.

Como mucho, tan sólo perdería el tiempo y una pequeña cantidad de dinero. Pero no le importaba. Solía gastarse mucho más dinero en ropa, zapatos y complementos, que en realidad no necesitaba, y que ya casi no le cabían en los armarios.

Entró en la tienda, y una gitana bastante mayor, que aparentaba sesenta y tres o sesenta y cuatro años, la recibió con una sonrisa.

-¡Hola, buenos días. Puedes sentarte, amiga -le dijo la tarotista.

El espacio era muy reducido, era un cuadrado de dos por dos metros, y tan sólo había espacio para una pequeña mesa redonda, sobre la que había un ajado mazo de cartas de tarot, y dos sillas. Una detrás de la pequeña mesa, y otra delante.

Julia tomó asiento enfrente de la vidente, y ésta, después de barajar, y de que ella cortara, le echó las cartas.

Al observar las once cartas colocadas en una larga hilera, a la experimentada gitana, se le iluminaron los ojos.

-¡Vas a tener mucha suerte, amiga! Las cartas dicen que muy pronto encontrarás un tesoro.

Julia, se sorprendió por las extrañas palabras de la clarividente, pero no dijo nada. Le pagó el importe de la consulta, y después se despidió con una triste sonrisa, y le agradeció su buen hacer como echadora de cartas.

Aun eran las doce y media de la mañana, y todavía era muy pronto para volver a su casa.

Hacía casi un año que se había separado de su marido, y ahora vivía sola. No habían tenido hijos. Varios médicos le habían dicho que no podía quedarse embarazada, que era estéril. Esa fue una de las causas de la separación. Ella quería adoptar un niño, y su marido, no. A él no le gustaban los niños.

Caminó pensativa entre los llamativos y curiosos puestos del mercadillo medieval.

“¿Un tesoro, para qué quería ella un tesoro?”, pensó Julia. Era funcionaria del ayuntamiento desde que tenía veinticuatro años, y no estaba necesitada de dinero. Con su sueldo tenía más que suficiente para llevar una vida digna.

Unas cuantas horas más tarde, sobre las doce de la noche, mientras veía la televisión, recordó que no había bajado la basura. Su casa estaba bastante alejada de los lugares en que las procesiones del Viernes Santo recorrían su habitual itinerario, como cada Semana Santa. Cogió la bolsa de basura y bajó a la calle, para dirigirse hasta el contenedor más cercano.

Iba a echar la bolsa, cuando de pronto reparó en lo que parecían unas mantas viejas tiradas en el suelo. Le había parecido escuchar un ruido. Tal vez era un gato que estaba jugando, envuelto entre las mantas.

Con un poco de aprensión, desenvolvió las mantas, y cuál no fue su sorpresa, cuando encontró a un bebé de pocos días, que se debatía entre las mantas, muy probablemente, necesitado de alimento.

Tomó al bebé en brazos, y se sintió inmensamente feliz. La vidente tenía razón: había encontrado su tesoro.

© Francisco R. Delgado

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