La profanacón de la tumba

Este texto es un fragmento de la nueva novela  

Autor:  Francisco Ramón Delgado López

LA PROFANACIÓN DE LA TUMBA

Las puertas enrejadas y herrumbrosas del panteón permacían entreabiertas, como invitándole a entrar, sin que ningún tipo de candado, o que la llave echada de la cerradura, le impidieran el paso. O’Brien llegó hasta la tumba de mármol gris que se hallaba a media altura sobre un saliente de la pared, en cuyo interior se hallaban los restos de la infortunada y joven difunta.

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El sepulturero y ladrón de tumbas, sacó del bolsillo interior de su vieja y raída chaqueta negra su achatada petaca de whisky, y le dio un buen trago antes de empezar el despreciable e ilícito trabajo que se había propuesto hacer aquella aciaga noche.

Empujando fuerte con las dos manos, desplazó la pesada losa de mármol que cubría la tumba. Después, alumbrado por su linterna, aplicó sobre las juntas del ataúd la afilada punta de la palanca de hierro, e hizo fuerza hasta que los cierres de seguridad del féretro se rompieron y saltaron, dejando libre la tapadera que cubría el cuerpo muerto. Unos segundos más tarde levantó con las manos desnudas la tapa de madera, para contemplar a sus anchas las valiosas joyas que portaba el cadáver de la bella y joven difunta.

Una cadena de oro de la que colgaba una cruz egipcia sobre su níveo pecho, y un anillo, también de oro, que llevaba insertado en el dedo corazón de su mano derecha, sobre el que había engarzada una preciosa esmeralda, hicieron brillar de codicia los ojos saltones y oscuros del profanador de tumbas.

El viejo enterrador no pudo por menos dejar de sorprenderse por el excelente estado de conservación que presentaba el cadáver de la difunta; aunque eso, a su cerebro embotado por el alcohol, no pareció extrañarle demasiado. Pensó que por causas desconocidas para él, algunos cadáveres se conservaban mejor que otros.

Mientras tocaba la cruz egipcia de oro macizo que colgaba en el escote de la muerta, sintió el lúbrico deseo de acariciar aquellos blancos senos que aún parecían conservar su firmeza. Sus sucios y arrugados dedos habían empezado a sumergirse en el escote de la no-muerta, cuando de repente, ésta abrió los ojos dejando ver un fondo blanco y aterrador, en el que no aparecían ni el iris ni las pupilas.

O’Brien, al observar cómo se abrían los párpados de la fallecida, se sorprendió un poco; pero no sintió miedo. Estaba fatalmente habituado a estar con los muertos, y pensó que era un reflejo post mortem del cadáver.

Tan sólo cuando poco después, la vampira se irguió dentro de su ataúd, y con un rápido movimiento de sus delgados, pero fuertes brazos, lo cogió por la cabeza, comprendió su imprudencia y la tragedia a que lo habían conducido sus reprobables y repugnantes actos.

La difunta dio un fuerte mordisco en la tráquea de su infortunada víctima, que murió paralizada, petrificada por el horror sin límites, y por el rápido desangrado de su viejo cuerpo.

Emma Wattles, durante casi un minuto se nutrió con la sangre caliente del sepulturero, y luego lo soltó. El ladrón de tumbas cayó a plomo sobre el suelo del panteón, exangüe, y convertido en un guiñapo.

Luego, la no-muerta, volvió a recostarse sobre su féretro dispuesta de nuevo a sumergirse en su sueño eterno, un sueño plagado de pesadillas de monstruos sin nombre, y de seres habitantes del averno.

© Francisco R. Delgado

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