La leyenda de Bruno Valdemar -Parte 2

La primera parte:   Parte 1

Bruno Valdemar quedó paralizado al ver el cadáver del viejo pescador. Valdemar tenía trece años en aquel entonces, ya sabía en qué consistía la muerte, y además llevaba varios días preparándose mentalmente para la partida del anciano, sin embargo, ver el cuerpo inanimado del viejo Valdemar sobre la cama fue impactante para el muchacho, sobre todo tras haber estado escuchando las historias del viejo apenas unas horas atrás. Pero el estado de shock del muchacho no se debía a la sorpresa, la tristeza, o la impotencia, Valdemar no podía moverse porque se sentía como si estuviese viendo una pintura, como si él mismo fuese ajeno a aquella imagen. Valdemar pudo permanecer contemplando aquella escena de la que él estaba exento por horas, pero una mosca irrumpió en la casucha entrando por una ventana sin vidrios, y se posó sobre el rostro del cadáver del viejo pescador, destruyendo así la sensación de desligue a la situación que envolvía a Valdemar en aquellos momentos.

Cimitarra

El joven Valdemar dio media vuelta, abrió la puerta de la casucha, y salió lo más rápido que pudo de allí. Sin embargo, el muchacho no llegó a dar dos pasos antes de caer de rodillas sobre la playa; sus piernas temblaban, sus brazos se sentían pesados, y sus lágrimas cambiaban el color del suelo frente su rostro al caer sobre la arena. Se podía escuchar el tranquilizador graznido de las gaviotas en la distancia y el incesante choque del mar contra las rocas, el sol acariciaba con gentileza la bronceada espalda de Valdemar, y el viento soplaba con delicadeza contra su rostro, pero en su mente todo era un caos y remolinos de imágenes. “¿Tanto me afecta ver un solo cadáver?” pensó Valdemar. “Se supone que seré un gran marinero algún día, no puedo dejar que ver una muerta me afecte tanto.”

Valdemar trataba de calmarse a sí mismo, pero sin éxito, el mundo a su alrededor daba vueltas y cambiaba de colores. El muchacho sintió como su boca se llenaba de saliva y algo subía desde su estómago, cerró sus ojos y dejó que pasara lo que tenía que pasar. Tras vaciar el estómago, Valdemar se sentó sobre la arena, pero su entorno aún daba vueltas, sentía que el mundo a su alrededor iba a desplomarse. El joven Valdemar se sintió avergonzado de sí mismo, dejando que la imagen de un cadáver lo afectase tanto.

Mientras Valdemar maldecía su debilidad y trataba de calmarse, su cuello comenzó a voltearse involuntariamente hasta que su rostro estaba en dirección al océano, y allí se quedó durante algunos minutos. Lentamente todas sus dudas, confusión, y asco comenzaron a desaparecer, como si el mar se llevase sus debilidades. No era la primera vez que se sentía así, pero llevaba años sin tener esa sensación de  estar siendo limpiado por el vigor del océano. Valdemar limpio de su rostro los fluidos y la arena lo mejor que pudo con su desnuda muñeca y se puso de pie.

Habiendo derrotado los inesperados demonios que habían invadido su mente, Valdemar volvió a entrar a la casucha, se quedó de pie frente al cadáver del viejo pescador. La imagen del muerto aún le afectaba, pero de una forma totalmente diferente a la que le había dominado hace unos instantes, tampoco lograba comprender el sentimiento, así que simplemente lo ignoró. El muchacho se puso de rodillas junto a la cama sobre la que descansaba el cuerpo del viejo Valdemar, y sacó una vieja y oxidada pala de debajo de ella.

Valdemar pasó las siguientes cuatro horas cavando una profunda tumba en la arena, no muy lejos de la casucha. Una vez terminó con las preparaciones para el entierro, volvió a entrar a la casa, y sin una pizca de asco o miedo en su mente, intentó cargar el cadáver sobre sus brazos, pero le fue imposible; a pesar de que Valdemar era un muchacho bastante alto y robusto para su edad, el cuerpo viejo Valdemar era tan grande que hasta dos hombres adultos hubiesen tenido problemas para cargarlo. Finalmente, el joven Valdemar optó por arrastrar el cadáver hasta su tumba de arena. Lo único que logró causar cierto malestar en el muchacho, fue el olor a heces que desprendía el cadáver del viejo Valdemar, pero fue una molestia a la que estaba acostumbrado. Sepultar el cadáver no tomó mucho tiempo, y un tablón de madera arrastrado por la marea sirvió de lápida sin nombre.

Valdemar se sacudió la arena de las manos, y se planteó que haría a continuación. Sin el viejo, quedarse allí no tenía sentido para Valdemar, aquella verdad lo golpeo como las olas de la costa golpean las rocas cada mañana, lo único que lo había ligado a aquella playa alejada de la mano del hombre era un anciano quejumbroso, nada más; ya meditaría más sobre ello una vez supiese que hacer.  Quizás había llegado la hora de perseguir su sueño de tener su propio barco, pensó Valdemar, él ya no era un niño y no tenía que responder a nadie más que a sí mismo, aquella idea le agradó tanto que ya estaba de buen humor. Ebrio de libertad y sueños infantiles, Valdemar corrió dentro de la casucha, y sacó de debajo de su almohada una bolsa con sus ahorros, algunas monedas de cobre, y dos de plata, las cuales recibió al vender el cadáver de un joven tiburón que murió estrellado contra las rocas de la costa, no era mucho, pero era un comienzo. El joven Valdemar ni siquiera se molestó en buscar entre las pertenencias del viejo algo de dinero, bien sabía en vida se lo gastaba todo en ron y cerveza.

Lo único que había dejado el anciano para Valdemar además de sus enseñanzas, era una vieja y un tanto enana cimitarra, la cual colgaba sobre la pared de la casucha; la espada, aunque estaba oxidada debido al aire marino, tenía unas peculiares inscripciones en los costados de la hoja, y el mango estaba hecho de madera de raíz. Era una espada bastante peculiar, pero era la única cimitarra que había visto el joven Valdemar, así que supuso que así debían de ser todas las espadas. Valdemar se sorprendió cuando levantó la espada de su lugar, pues era sumamente liviana; a pesar de que no medir más de ochenta centímetros, debería ser mucho más pesada, era como si la hoja no tuviese peso alguno. Valdemar comprendió porque el viejo no le dejaba acercarse a aquella espada, esa cimitarra era algo especial. El muchacho sonrió, aseguró su ilegitima herencia a su cintura, puso las monedas en su bolsillo, y abandonó la casucha de la playa para no volver jamás. Valdemar dejó la playa en la que creció sin siquiera una oración de despedida para el viejo pirata que descansaba bajo la arena, las palabras son para los vivos.

El muchacho, tras considerar sus opciones, decidió que la mejor manera de comenzar a darle forma a su sueño, sería uniéndose a la tripulación de “El Perro Mojado,” el único navío de gran tamaño en toda la isla de Yamir. Luccio Graciani, el padre de Francesca, era el dueño y capitán de El Perro Mojado, el hombre ya le había negado a Valdemar en el pasado el unirse a la tripulación, pero con el viejo Valdemar muerto, quizá el muchacho podría apelar al lado bondadoso de Luccio para que este accediese a aceptarlo como miembro de El Perro Mojado.

El joven Valdemar no perdió tiempo y se dirigió al pueblo, estaba decidido a convencer a Luccio de dejarlo unirse a la tripulación de El Perro Mojado, aunque tuviese que rogar. Camino al pueblo, y sumido en sus pensamientos, Valdemar no notó un tronco en medio del camino, tropezando y cayendo sobre sus rodillas; con su tropezón, el muchacho había salido del mundo de los sueños por unos instantes, el tiempo suficiente para darse cuenta de que una espesa niebla empezaba a inundar la zona. El joven Valdemar miró al cielo, un enorme cúmulo de nubes comenzaba a tomar forma, lo cual a Valdemar le pareció extraño, ya que hasta ese momento el día había sido soleado. De cualquier forma, aquello no tenía importancia para el muchacho, se puso de pie, y con cuidado de no volver a tropezar, retomó su andar.

Cuando Valdemar llegó al pueblo, la neblina ya había cubierto toda la isla y se extendía hacía el mar hasta donde alcanzaba la vista. Al pasar por el puerto, Valdemar advirtió que El Perro Mojado no estaba abadernado a la orilla del muelle, “supongo que tendré que esperar a que Luccio vuelva” pensó. Con su plan postergado, el joven Valdemar decidió que al menos iría a hablar con Francesca, quizás ella sabría cuando regresaría Luccio.

La puerta de la casa de Francesca estaba abierta, siempre lo estaba esas alturas del día, pues el modesto edificio también cumplía la función de tienda.  El joven Valdemar entró al local sin anunciarse, el interior estaba apropiadamente iluminado, las diferentes especias, licores y otros bienes en exhibición, aunque no eran muy abundantes, estaban etiquetados y bien organizados en diferentes frascos y estantes; sin tomar en cuenta el hecho de que los artículos eran escasos, el almacén de los Graciani podría ser considerada una tienda digna de una gran ciudad.

El joven Valdemar divisó a Francesca, quien tejía uno de sus muchos bordados sentada atrás de uno de los mostradores.  El liso cabello color marrón de la chiquilla de doce años le llegaba a la cintura, y su delgado cuerpo, aún no comenzaba a tomar la forma de una mujer. La muchacha era bastante baja, incluso para su edad, y su rostro era el de una niña pequeña a los ojos de cualquiera. Lo único de mujer que Francesca tenía en ese entonces, eran sus sentimientos por Bruno Valdemar. La jovencita estaba tan absorta en su actividad, que no notó al joven Valdemar acercándose a ella para sorprenderla de un susto.

— ¡Hola! –Saludó estrepitosamente Valdemar a Francesca-.

La muchacha, que cosía sentada sobre una silla sin respaldo mientras se balanceaba, cayó de espaldas sobre el piso de madera, y todos los utensilios para bordar que descansaban sobre su falta salieron rodando en distintas direcciones.

— ¡Bruno! ¿Por qué hiciste eso? –exclamó Francesca molesta-.

— Perdona, te veía tan concentrada, que no pude evitar jugarte una broma –respondió Bruno entre risas-. Te ayudaré a recoger el desorden.

Ambos jóvenes  se colocaron sobre sus rodillas y comenzaron a recoger uno a uno los centenares de botones, agujas y carretes de hilo que se habían esparcido detrás del mostrador. Francesca desenredaba un nudo de hilos de diferentes colores, cuando posó su mirada sobre el joven Valdemar. El muchacho necesitaba un corte de pelo, su pálido cabello rubio comenzaba a llegar a la altura de sus ojos, su piel, alguna vez clara, tenía un saludable bronceado debido a los años de pesca en la playa, y a diferencia de ella, él ya comenzaba a mostrar los primeros rasgos de un cuerpo adulto, era alto para su edad, su pecho descubierto estaba medianamente tonificado, las mejillas de su rostro comenzaban a tomar forma y ya no tenían la redonda carnosidad propia de un niño, y sus manos y pies descalzos ya tenían la aspereza de los de un adulto.

Valdemar notó la mirada de Francesca, él sabía muy bien lo que Francesca sentía, pero a él no tenía importancia, pues no sentía nada más que afecto por la muchacha, ella no lograba despertar el joven hombre que dormía en su pecho, no como Antonia, la hija de uno de los pescadores del puerto, una muchacha de casi diecisiete años que ya tenía el busto y el cuerpo de toda una mujer.
— ¿Sabes cuándo llegará tu padre? –Le preguntó Valdemar a Francesca con la intención de que ella despabilase-.

—Debería llegar entre hoy y mañana, o incluso pasado mañana si la neblina sigue empeorando –respondió Francesca algo sobresaltada-. Como no tenemos un faro en la isla, es un poco peligroso desembarcar con este clima.

—Eso sería para cualquiera que no conociese estas aguas, estoy seguro de que Luccio y sus hombres no tendrán problema si llegan ahora.

—De todas formas sería arriesgado hasta para él si la neblina empeora –dijo Francesca con preocupación en su voz-. ¿Por qué buscas a mi padre, Bruno?

—Pues porque ya soy un hombre, y como tal, ya es la hora de que comience a trabajar en mi sueño de tener mi propio barco –anunció orgullosamente el joven Valdemar, como si estuviese hablando para un numeroso público-. Me uniré a la tripulación de El Perro, y así podré comenzar a ganar dinero y experiencia para cumplir mi meta. Así, tú y yo podremos algún día zarpar juntos mar abierto y tener aventuras, igual que los piratas.

La mirada de Valdemar brilló como si sus sueños se reflejasen en sus ojos.

— ¿De nuevo con eso? Mi padre se negará como siempre.

—Eso no lo sabes aún –contestó Valdemar algo molesto-.

—No creo que quieras ser como los piratas –dijo Francesca algo irritada-. Ya sabes que son criminales despiadados que roban y matan, se pelean entre sí, y no obedecen la ley.

—Lo dices como si fuese algo malo, además, hay muchos tipos de piratas, no todos son iguales.
— ¿Cómo puedes saberlo? Jamás has conocido un pirata.

—Quizás conozco a uno –respondió el joven Valdemar de forma burlona-.

— ¿De dónde ha venido todo este asunto de los piratas? –Preguntó Francesca, quien comenzaba a sentirse incomoda con el tema-. Jamás lo habías mencionado antes.

—El viejo me contó sobre ellos –articuló lentamente el joven Valdemar tras un corto silencio, como si las palabras le pesasen-.

— ¡Además está el señor Valdemar! –Agregó Francesca energéticamente, como si hubiese dado con el clavo que cerraría la discusión- ¿Quién cuidará del señor Valdemar si tú te unes a la tripulación de mi padre?

La habitación se inundó en silencio durante unos instantes, Valdemar estaba a punto de responder que el viejo Valdemar había muerto hace tan solo unas horas, cuando una agitada voz masculina gritó desde el exterior de la tienda.

— ¡Señorita Francesca! –Gritaba con desesperación la voz desde afuera del almacen-.

El joven Bruno Valdemar y Francesca cruzaron sus miradas con preocupación, se levantaron, dejando la mitad de los útiles de costura desparramados por el suelo, y se apresuraron a la salida del edificio. Una vez afuera, se toparon con uno de los pescadores del puerto, se trataba de un hombre gordinflón  de mediana edad que le vendía pescado regularmente a Luccio.

— Señorita –suspiró el hombre al tiempo que intentaba recuperar el aliento-. Su padre… El Perro Mojado… Piratas… Fantasmas… -Al hombre no se le podía entender nada entre jadeo y jadeo-.

—Deja de balbucear disparates y dinos ya que sucede –dijo Valdemar con tono molesto-.

—Señorita… ¡Los piratas están atacando el barco de su padre!  -Terminó de decir el robusto pescador al tiempo que apuntaba en dirección al puerto-.

Los jóvenes muchachos cruzaron sus miradas, Valdemar tomó la mano de Francesca y juntos salieron disparados en dirección al puerto. En el camino, Valdemar giró su cabeza para mirar al robusto pescador, parecía que tenía algo más que decir, pero el muchacho no se detuvo a escuchar las palabras del exhausto y gordo pescador.

Al llegar a las orillas del muelle, una pequeña multitud comenzaba a formarse. La gente, al ver a Francesca y a Valdemar, les dejó pasar para que los muchachos pudiesen ver lo que pasaba.

A pesar de la neblina, en la lejanía se podía ver El Perro Mojado. El navío avanzaba lentamente, y estaba muy dañado, los costados a estribor y babor estaban llenos de agujeros, y dos de los tres mástiles habían sido derribados, los tripulantes de El Perro corrían de un lado a otro, y disparaban todos sus cañones al aire, mientras las balas de cañón caían inútilmente al agua en la distancia. Sin embargo, no había señales de ningún barco atacante a la vista “¿Se habrán vuelto locos? ¿Por qué disparan al aire?” Se preguntó a si mismo Valdemar mientras Francesca apretaba fuertemente la mano del muchacho.

Todos alrededor de Valdemar murmuraban preocupados, varios pronunciaban la palabra “fantasma.” Valdemar estaba confundido, estuvo a punto de preguntarle a una señora de avanzada edad que estaba a su lado que era lo que estaba pasando, cuando los ojos del joven Valdemar vieron algo sorprendente. Cuando parecía que la mayoría de los cañones de El Perro estaban recargando,  una enorme cantidad de neblina comenzó a formarse rápidamente a babor del navío. Ante la aparición de la neblina, todos los que estaban mirando desde el muelle guardaron silencio, incluidos Bruno Valdemar y Francesca Graciani.

Tan velozmente como apareció, el cumulo de neblina se esfumó, revelando un enorme buque de guerra hecho de madera de un color blancuzco. De los costados del buque despedían pequeñas llamaradas color verduzco, y largas y gruesas cadenas colgaban del estribor del barco. De uno de los mástiles, colgaba una bandera gris oscuro con el dibujo de una calavera humeante, evidentemente se trataba de piratas. Aquello era algo para no creer, era una visión salida de un libro de fantasía para asustar a los pequeños.
—F…Fantasma… ¡Es un barco fantasma! –Alcanzó a exclamar el joven Valdemar, justo antes de que el misterioso buque soltase una ensordecedora ráfaga de cañonazos contra El Perro Mojado-.

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