El niño Dios

EL NIÑO DIOS
Relato basado en experiencias reales de Alex C.
Escrito y Adaptado por Eduardo Liñán

Me dedico a muchas actividades, entre ellas y durante un tiempo tenía el oficio de restauradora. Hacia trabajos para reparar figuras de yeso y arcilla de diversos tipos , en especial figuras sacras que la gente tenía a las afueras de sus hogares como santos y vírgenes a los cuales había que hacerles partes de su cuerpo en yeso, repintado o una restauración total de la pieza que me llevaba horas realizar. Estaba acostumbrada a hacer este tipo de trabajos. Pero la época navideña se cocinaba aparte. Desde los meses de octubre y noviembre mi taller se llenaba de niños Dios a los cuales había que restaurarles partes del cuerpo y repintarlos. Las repisas estaban llenas en esas épocas decembrinas por lo que al trabajo se acrecentaba y la urgencia de terminarlos lo era más. Al tener un tiempo límite y sabiendo la carga de trabajo había un día en particular en el que ya no recibía ningún niño. Fue por el 23 de Diciembre en la noche que estaba absorta en colocarle pestañas a una figura y escuchaba la radio. Era casi de madrugada; mi espalda me mataba y mis ojos apenas podían estar abiertos. La tensión en mi cuello iba en aumento en cada detalle que le hacía a la escultura y aun me quedaban más niños por terminar. En eso escucho unos toquidos en la puerta que daba a la calle haciéndome perder la concentración y no les hice caso, quizás por el cansancio decidí no abrir; pero fue tal la insistencia que molesta dejé lo que hacía y me fui a abrir para ver quién era la insolente persona que me interrumpía de terminar, solo pensaba en eso: terminar de una vez por todas.

Al quitar lo seguros, abrí la puerta con algo de ira y mi rostro reflejaba impaciencia y molestia al ver que era una señora de aspecto humilde con gesto de pena y necesidad. Llevaba a un niño Dios en sus brazos de tamaño natural envuelto en una cobijita. Me puse en alerta y mi mente pensó en las posibles respuestas negativas que le daría a la señora al pedido que intuía me solicitaría y no me equivoqué. Con la voz entrecortada y el rostro lleno de pena me pidió encarecidamente le arreglara al niño que traía, ya que lo iban a ocupar para una “levantada” en casa de unos compadres. Además de que era muy especial y había pertenecido a generaciones familiares que lo veneraban cada 24 de Diciembre con rezos y colaciones. Y que con el paso de los años, fue dañandose. Toda aquella explicación no me entró en la cabeza por que deseaba decirle que “NO” y cerrar mi puerta ya que hacía frío. Apenas iba a despotricar por el atrevimiento y lo iluso de la señora al pedirme un trabajo urgente de reparación de un niño en plena víspera de la navidad. Entonces sucedió algo que aun lo pienso detenidamente y me llena de una sensación de extrañeza. La señora destapó al niño y vi que no tenía una mano y estaba completamente despostillado. Solamente conservaba intactos sus ojos que tenían pestañas completas y bien cuidadas que daban la sensación de ser reales. Al mirarlo sentí una especie como de tristeza por el estado en el que se encontraba. No sé que pensé cuando le dije que si lo arreglaría a la señora; que se lo tendría hasta el 24 por la tarde. Agradeciendo y casi a punto del llanto, la señora se fue entre una leve lluvia que comenzó a caer anunciando que la noche seria fría.

Puse al niño en la mesa de trabajo y al ver que tenia aun muchos pendientes la frustración y el cansancio me invadió de nuevo. Terminaría de ponerle las pestañas al que estaba arreglando y seria todo por esa noche. El niño que me acaban de traer requería mucho trabajo y no lo terminaría en la fecha prevista por lo que comencé a inventar excusas para zafarme de la responsabilidad. Sin pensarlo mucho lo coloqué en una caja y continué con el trabajo pendiente. Casi al terminar noté algo raro en aquel niño que me habían traído. Sus ojos estaban raros como llenos del polvo de yeso que había en el ambiente. Al acercarme para revisarlo vi que en efecto los ojos estaban cubiertos del polvo; pero no solo eso parecían estar húmedos. Apenas iba a tomarlo para limpiarlo y sucedió lo inexplicable: el niño comenzó a derramar un par de lágrimas. Mi corazón se aceleró de una manera tal que casi se me doblan las piernas al ver aquello. Era una especie de milagro o algo así, no era muy creyente de esas cosas; pero aquello era imposible. Sin dudar lo tomé y lo vi por todos lados para ver de dónde venía el truco; pero no había tal. No sé si sería mi sugestión, que claramente vi que el rostro de aquel niño me miraba con tristeza y un par de gotas rodaban por sus mejillas descoloridas. No pude mas algo en mi se quebró y comencé a llorar también, luego de la impresión, dejé todo y comencé a componer a aquel niño, le hice una nueva mano, los dedos de sus pies y lo pinté con mucho esmero y paciencia. Fue durante la madrugada que terminé al fin de arreglarlo y lo dejé secando en una estantería junto con otros niños y me fui a acostar.

Por la mañana pensando que quizás había sido un sueño bajé al taller solo para comprobar que el niño no estaba donde lo había dejado, en cambio estaba en una de las mesas de trabajo junto a la cobijita que me había dejado la señora. Sin pensar lo tapé y lo puse en un lugar apartado de todo. Le comenté a mi familia lo sucedido y todos fueron a ver al niño. Cuando la señora fue por él, le conté lo que había pasado y me dijo algo que hasta la fecha recuerdo :

“Es uno de tantos niños milagrosos, te reblandeció el corazón y te colmó de bendiciones…”

~EDUARDO LIÑAN

 

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