El guante de encaje

El guante de encaje
Escrita por Roberto Sandoval

Cierta vez un paisano viajaba con su hijo en carro. Cuando iban pasando por un campo llamado Zarate una mujer muy joven vestida de fiesta los detuvo. Aunque era muy entrada la noche la habían visto de lejos la luna era intensa y el color del vestido, blanco brillante.

-Mi novio se ha enojado conmigo y me ha dejado sola en medio del campo
– dijo cuando el carro se detuvo
– ¿podrá usted llevarme hasta la entrada de Pampayaste? Yo vivo allí.
-Como no, señorita – contesto el paisano algo extrañado. Y ella subió.
Viajaron en silencio un buen rato, hasta que empezaron a hablar cosas sin importancia, más por temor que por verdadera necesidad de decir algo. En esas conversaciónes ella confesó que le gustaba demasiado el baile y que se llamaba Encarnación.
Era una noche de crudo invierno y la joven estaba desabrigada. Cuando el paisano la vio temblar, dijo:

-Hijo, convide a Encarnación un bollo de anís y un trago de ese vino de canela que llevamos, que es bueno para los enfriamientos.

Ella pego un bocado grande al bollo y tomó desesperada unos tragos. Siguió comiendo el bollo de anís con muchas ganas, tanto que cualquiera hubiera dicho que iban a pasar años antes de que volvieran a ofrecerle algo.

Cuando llegaron a la entrada de Pampayaste, el paisano detuvo el carro y ella bajó y fue corriendo a la casa de la esquina. Padre e hijo siguieron viaje. Habían hecho unas cuantas leguas cuando el hijo vio brillar algo en el piso del carro. Se agachó y descubrió un guante blanco de encaje fosforescente. Entonces se lo mostró a su padre y decidieron volver a la casa en donde habían dejado a Encarnación para devolvérselo.

Hicieron de regreso las leguas que habían andado y se detuvieron en la esquina. Bajaron los dos pero fue el padre quien golpeó las manos. – Avemaria Purisima -llamó como lo hacen los paisanos.

Le contestaron los perros. Y después, la voz de un hombre recién arrancado del sueño.
-¿Que se le ofrece?

-¿Aquí vive la señorita Encarnación? – preguntó el paisano.
El dueño abrió la puerta. Estaba pálido y se quedó mirando a los dos forasteros sin decir palabra.

-Venimos a devolverle su guante. Se lo ha olvidado hace un momento en nuestro carro.
El hombre siguió mirándolos en silencio.

El hijo estuvo con la mano extendida, acalambrada de tanto ofrecer el guante al dueño de casa, hasta que este habló :

– Es mi hija, pero está muerta… ayer se cumplieron veinte años.

Murió en un baile. Del corazón.

El hijo le dio el guante y ambos subieron rápidamente al carro, solo para descubrir a Encarnación sentada, diciéndoles :

– Muchas gracias!

Carolina.

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