El angel vengador

Situada en el extremo este del camposanto, había una pequeña capilla en la que no cabían más de una treintena de personas. Mientras se acercaban paseando tranquilamente, las figuras espectrales de los no-muertos se recortaban bajo la leve claridad de la luna llena.

Observaron que una débil luz salía del interior de la pequeña iglesia. Cuando llegaron hasta la puerta de entrada, comprobaron que estaba entreabierta. Sin dudarlo un momento, penetraron en el sagrado lugar.

Los dos muertos vivientes al entrar en la capilla vieron que el sacerdote, que estaba sentado en la primera fila de bancos, frente al altar, estaba enfrascado en la lectura de un pasaje de la Biblia. Tan sólo unas pocas luces que iluminaban el primer tercio de la pequeña iglesia, estaban encendidas, el resto se mantenía entre las sombras.

-Buenas noches, Padre -dijo John levantando un poco la voz desde la puerta de entrada.

En el espeso silencio de la noche, tan sólo roto a veces por el ulular del viento entre los árboles, el saludo del nuevo amigo de Emma sonó como un trueno. El cura se revolvió en su asiento, algo asustado y sorprendido.

-¿Eh, quién…? -dijo incorporándose inmediatamente de su asiento, y volviendo la vista hacia atrás.

-Buenas noches, Padre, no queríamos molestarle, ¿podemos acercarnos? -le dijo John.

Las dos aterradoras figuras permanecían ocultas a la vista del sacerdote a la entrada de la capilla, junto a la puerta.

-Sí, ejem, pasad -dijo el Ministro de Dios, aclarándose la garganta.

Lentamente, los dos vampiros fueron acercándose, intentando no asustarlo.

-¿Qué hacéis a estas horas por aquí, hijos míos? Ya son más de las dos de la madrugada…

-Bueno, Padre, nosotros somos parientes, primos, y habíamos venido a traerle unas flores a nuestro difunto abuelo, que murió tal día como hoy hace un año. Hemos estado al lado de su tumba hablando de lo mucho que lo queríamos, de los buenos ratos que pasamos en su compañía cuando vivía, y comentando algunas y antiguas anécdotas familiares, y se nos ha pasado el tiempo sin que nos diéramos cuenta.

-Bien, ¿sois primos entonces? Pero acercaos, hijos míos, que os vea bien.

Las dos lúgubres, esbeltas, y demacradas figuras se fueron acercando lentamente, saliendo de entre las sombras. A dos metros del sacerdote, se quedaron nuevamente quietos.

El reverendo se los quedó mirando fijamente, y extrañado, le preguntó a Emma, que había permanecido en silencio hasta entonces:

-Hija mía, ¿eso que llevas puesto es un camisón?

-No, eh… es un vestido de verano -respondió ella de la forma más inocente posible.

-Muy bien, ¿y qué es lo que queréis de mi? ¿Que diga una misa por vuestro difunto abuelo?

-No, señor. Verá, nosotros no fuimos bautizados cuando nacimos. Tanto los padres de mi prima, como los míos eran ateos. Ya sabe, eran los clásicos hippys de los años sesenta, que no creían en nada, salvo en el amor libre, las drogas, y la música pop -dijo John, sonriendo -Queríamos que nos bautizara.

-¿Ahora? ¡Qué idea tan extraña! -El cura pareció pensarlo un momento y después se decidió -Bueno, bien, ¿por qué no? No es bueno ir por la vida sin la bendición de Dios. Él os acogerá en su seno, encantado de recibiros entre sus queridos hijos. Así rectificaréis el grave error que por omisión, cometiron vuestros descreídos padres. Por favor, acercaos a la pila bautismal, e inclinad vuestras cabezas.

Los dos intrusos hicieron lo que el Ministro de Dios les decía, y éste comenzó a recitar las frases en latín de su bautismo. Iba a echar el agua bendita con un pequeño jarro plateado, que había sacado de la minúscula habitación de la sacristía, y entonces ocurrió lo impensable.

John, se revolvió antes de que el reverendo le rociara con el agua bendita, y con sus afilados colmillos le dio un fuerte mordisco en la yugular. Mientras absorvía su sangre caliente con deleite e inesperada crueldad, Emma, se irguió extrañada, y le preguntó:

-¿Por qué haces eso, John?

El pálido joven no contestó, y siguió absorviendo la esencia vital de su infortunada víctima, mientras éste ponía los ojos en blanco, demasiado asustado como para ser capaz de moverse o de emitir palabra. El reverendo murió en apenas un minuto víctima del terror que lo atenazaba, y de la gran pérdida de sangre, mientras el vampiro lo tenía apresado primero para que no intentara escapar, y luego para que no se desplomara al suelo cuando quedó casi exangüe.

-¿Quieres un poco? Aún le queda bastante sangre -le dijo su recién descubierto amigo, con los labios manchados de sangre caliente.

-No, gracias, ahora no lo necesito.

John siguió absorviendo la sangre, y cuando estuvo satisfecho lo soltó. El Pastor cayó al suelo como si fuera un fardo.

-No te entiendo. No entiendo nada de lo que has hecho, ¿me has traído engañada tal vez? -le dijo la vampira cor cierto enojo.

De pronto, y antes de que John pudiera contestarle, la estatua alada de un ángel que había a los pies de un retablo donde estaba representado el cielo y el infierno, con Jesucristo y sus apóstoles, los ángeles y los arcángeles que pisoteaban con las finas suelas de sus sandalias a los horribles demonios; cobró vida, y bajó de su dorado pedestal. El Arcángel San Miguel, blandió su espada flamígera ante ellos y con voz potente y clara, les dijo:

-¡Idos de aquí, monstruos malditos! ¡Idos de la Casa de Dios para siempre! Vuestro fin no es otro que quemaros en las eternas llamas del infierno.

Los lúgubres espectros salieron deprisa de la pequeña iglesia, y volvieron de nuevo a las sombras de la noche, aterrorizados e impresionados por la actitud y las duras palabras del ángel vengador.

Autor:   © Francisco R. Delgado

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