Avaricia

1° AVARICIA
Relato personal basado en las experiencias de Pedro José Farías.
Escrito y adaptado por Eduardo Liñán

Cuando conocí a Pedro Farías, noté que era un hombre trabajador y muy astuto para los negocios. En ese entonces andaba de lanchero en un paso llamado “Los Cocos” que era un cruce del río Pánuco entre el estado de Veracruz y Tamaulipas. Su vida era levantarse temprano y aprovechar los viajes que hacían de lado a lado los trabajadores durante las primeras horas del día y ya entrada la noche. Con muchos amores de cantina y muy ambicioso. Trabajaba arduamente para comprarse un taxi e independizarse, casi lo lograba; pero algo siniestro truncó sus planes.

Este es un relato que me contó mucho tiempo después que dejó el oficio de lanchero, para trabajar en una tienda de autoservicio en Matamoros. Cuando lo encontré en aquella ciudad fronteriza después de mucho tiempo de no verlo, me dió gusto reencontrarme con él y platicamos amplio y tendido de su inusual y rápida partida de la ciudad. Al hacerle la pregunta de la razón por la que dejó todo si le iba tan bien, esta fue su escalofriante historia.

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“Fue una noche ya muy tarde que todavía estaba esperando pasajeros, mis compañeros lancheros ya todos se habían ido; pero yo me quedé al último para ver si agarraba algo. La noche estaba desierta y tu sabes, en ese lugar bajo los puentes de la “puntilla” pueden ser tenebrosos en la obscuridad. Algunos amigos me habían contado haber visto fantasmas y duendes en ese lugar. Yo nunca creí nada de esos cuentos; pero lo que me paso a mí, jamás se lo hubiera deseado a nadie.

Por aquel entonces había mucha inseguridad en las calles. Balaceras, secuestros, gente que aparecía colgada en los puentes así como si nada. Yo nunca tuve miedo de eso, siempre me acompañaba de un bate y de muchos “huevos” para hacerle frente a cualquiera. Tenía la idea de hacerme de mi taxi a como diera lugar y pues en ese “jale” podía hacerlo; además de que ya tenía mucho dinero. Producto del trabajo y de muchas tranzas que podías hacer al andar ahí.

Serian como las 2 de la madrugada cuando decidí irme. Así que cargué una garrafa de diesel y guardé todo en mi bote. De la nada, escuché una voz grave y ronca que me decía en un tono muy “golpeado”.

-Vas para el otro lado, ¿Me cruzas?

Esa voz y el tono, acabó por enfadarme y apenas le iba a contestar que no. Cuando volteé y quedé algo impresionado con aquel tipo. Iba elegantemente vestido con un traje norteño, botas negras bien lustradas y un sombrero de fieltro negro que lo hacía parecer enorme. Llevaba cadenas de oro en ambas manos y cuello. Cargaba un extraño medallón con una piedra roja incrustada con símbolos raros. De facciones varoniles, ojos negros y una barba de candado que lo hacían ver imponente.
-Este, no. Ya me iba patrón, ya no hay cruce -Le contesté nervioso y con algo de preocupación.

-Ándale te voy a pagar bien por cruzar y esperarme, mira – me dijo con un tono algo cortés pero sin perder la autoridad.
De su bolsa sacó un gran fajo de billetes de 1000. Mis ojos brillaron ante aquella maravillosa visión, miles de imágenes recorrieron mi mente al imaginarme todo lo que haría con ese dinero. Sin embargo un instinto de conservación y mi sentido común me puso en alerta. El tipo no se veía con buenas intenciones, tenía toda la pinta de un “mañoso”. Le iba a contestar de nuevo con una negativa pero comenzó a abanicar el dinero y sonrió de una manera burlona. Así que mis instintos de conservación se vieron masacrados por el olor del dinero que me pegó de pronto en mis narices.

-Este bueno, pero págame de una vez -Le dije para ver si caía en mi juego.
-No, cabrón, te voy a dar una parte ahorita y la otra después que me traigas -Me contestó impaciente.
Ante ese trato y la voz autoritaria de aquel hombre, tuve que doblar las manos y pensar en todo ese dinero.
-Órale, súbete -Le dije pensando en todo el dinero que me ganaría.

Al subir a la lancha, noté que el tipo era pesado y que tenía unas manos grandes envueltas en guantes negros. Arranqué el motor y salí lo más rápido posible. Te podría jurar que cuando salí de los puentes; una extraña neblina empezó a cubrir todo el rio. Estaba anunciado mal tiempo así que no me sorprendí mucho, el rio estaba tranquilo y sereno; pero la neblina era inquietante.

-A donde se dirige patrón -Le pregunté, tratando de romper la tensión.
-Ve más adelantito del cruce, en ese muellecito que está a un lado. Ahí te paras y me esperas a que regrese, no te vayas a ir. Si te vas no te daré ni madres – Al decir esto, se metió el fajo de dinero en la bolsa y me miró fijamente con esos ojos negros que intimidaban.
-No te quieras pasar de listo, puedo ver lo que piensas y te puedes arrepentir. Cumple el trato y vas a ver como llegas a tu meta más pronto -Me dijo con tono burlón y mostrando una sonrisa.

Me quedé petrificado y extrañado con lo que dijo. En efecto, un pequeño pensamiento de cometer un crimen cruzó mi mente, despojarlo de todo e irme. No había nadie, nadie se daría cuenta, porque nadie me vió llevarlo. No quise pensar más y por fin llegamos a ese muelle, como pude acomodé la lancha y el hombre bajó decidido.

-Aquí espérame voy a hacer una encarguito y regreso.

El tipo se perdió entre las sombras y esperé. Pasaron como unos 40 minutos y comencé a pensar en irme; pero temía por mi vida. quizás en realidad si era “mañoso” y si me iba podría después tener un problema con esa gente. Además me frotaba las manos al imaginarme sentir esos billetes y todo lo que iba a solucionar, eso me hacia aguantarme. Por fin pasó una hora y vi que el hombre venia de regreso. No traía su fino sombrero, ni sus guantes negros.

Al subir pude notar que el elegante saco y las manos, los traía teñidos de sangre; pero lo que más me alertó fueron esas manos. Eran raras con uñas largas y bien cuidadas; pero llenas de cicatrices, como de quemaduras.

-No te asustes, no es mi sangre, llévame a la puntilla -me indicó el hombre.

Arranque lo mas rápido que pude y la neblina seguía. Al entrar en los puentes estaba todo obscuro, frío y casi no podía ver nada. Un olor a putrefacción poco usual se impregnaba en mis narices y cuando por fin llegamos; el tipo se paró y antes de bajar del bote, se detuvo un momento y metió la mano a su bolsa sacando el fajo de billetes, lo aventó al asiento y bajo de la embarcación.

-Ah mira, te dejo un recuerdito – Me dijo el hombre mientras sacaba algo de su saco.

En eso me aventó una bolsa de cuero, la atrapé. Subió las escalinatas y luego noté que bajo al otro extremo del puente donde se metió en un nicho obscuro que había entre el puente y la calle. Algo extraño era un lugar bastante estrecho y casi imposible para que un hombre de su tamaño se pudiera meter ahí. Perdiéndose entre la obscuridad no lo volví a ver. Al abrir aquella bolsita que me había arrojado, un miedo indescriptible se apoderó de mi. Eran dientes y muelas lo que había en la bolsa, todavía estaban ensangrentadas. Sin pensarlo arrojé eso por la borda, tomé el dinero y lo metí a la bolsa de lona donde guardaba la morralla del pasaje, arranqué de nuevo el motor y me fui lo más rápido posible a mi casa cruzando el río.
Rentaba un cuartito del lado veracruzano, asegure la embarcación y me fui corriendo a la casa. Nervioso y temblando abrí la puerta, puse la bolsa en la mesa, me metí a bañar y salí dispuesto a contar el dinero que el extraño me había dado. Me imaginaba todo lo que compraría, haría una parrillada con mucha cerveza con los amigos y me iría a un “teibol” a gastar un poco en mujeres y lo mejor, daría el enganche para el taxi y todavía me quedaría dinero. Estaba ansioso por la emoción de aquel momento.

No te puedo describir el horror, la impresión y las nauseas que me provocó abrir la bolsa, sentí un golpe y un entumecimiento desde la cabeza a los pies. El dinero que había metido, los billetes que me solucionarían la vida, ahora era una pila de excremento, era mierda putrefacta y hedionda lo que llenaba aquel bolso, estaba completamente batida entre las monedas. Al verlo lo único que hice fue arrojarlo al piso y comencé a tener un ataque de pánico y miedo. No me quería quedar solo, así que fui con unos amigos que vivían a la vuelta de la casa y les pedí quedarme con ellos. Les conté lo que había pasado y no me creyeron. Se comenzaron a burlar de mi, diciéndome insultos. Esa noche no pude dormir, estaba nervioso y los ruidos de la calle me hacían temblar y querer asomarme. El malestar y una sensación de ardor y vacio en mi estomago hicieron que tuviera diarrea y vómitos. Al llegar el día ya no quise regresar a mi cuarto en cambio mandé a un tío por mis cosas y no le conté lo que me sucedió. Tan solo le pedí que me apoyara en lo que conseguía otro cuarto, en tanto me quedaría con el.
Después de que fué por mis cosas, me dijo:

-Hijo, te dejé tu monedero ahí en la cómoda.

Sentí un escalofrió y se me movió el piso al recordar el contenido de la bolsa, comencé a temblar y me acerqué lentamente a la bolsa. Cuando por fin la tuve enfrente no quería tocarla y le dije al tío: ábrala por favor. El me miró con extrañeza; pero me hizo el favor, al abrirla se sorprendió y me dijo:

-¿Por que llevas esto aquí?

Al ver el morral, pensaba que vería la suciedad y en cambio vi el montón de monedas y una navaja que siempre llevaba por protección. Mi corazón respiró tranquilo y me senté a llorar tratando de olvidar todo aquello.

Después de aquel día, decidí dejar todo e irme de ahí. Me fui lo más lejos que pude y nunca más he querido volver. No te puedo describir el temor con el que todavía vivo, no puedo dormir y en las noches es un martirio ver las sombras ir y venir, pensando que quizá aquel tipo venga un día; te puedo decir ahora con certeza que aquel extraño hombre. Era en realidad el Diablo. ”

~Eduardo Liñán

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