Turno de noche

TURNO DE NOCHE

(Relato de suspense)

Sarah Doherty terminó su turno de trabajo en la estación de servicio en la que trabajaba desde hacía poco más de dos meses.

Nunca hasta entonces había trabajado en una gasolinera, y tampoco en el turno de noche, desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana.

Después de buscar trabajo durante varios meses como peluquera o como dependienta, que es de lo que ella tenía experiencia, no había encontrado otra cosa.

Pero no se quejaba, estaba contenta con tener un nuevo trabajo. Además el turno de noche solía ser muy tranquilo, excepto cuando le tocaba trabajar los viernes o los sábados por la noche.

Normalmente libraba dos días a la semana, pero éstos no eran fijos sino que iban variando. A finales de mes, siembre les daban a los empleados una hoja para el mes siguiente, en la que figuraban qué días tenían que trabajar, los turnos, y los días de descanso.

Aquella noche del jueves salió a las seis de la madrugada del trabajo, cuando dos nuevos compañeros fueron a relevarla a ella, y a su compañero de aquella semana, John Darrow.

Eran las seis y veinte minutos cuando llegó a la puerta de su casa. Le extrañó encontrarla entreabierta. Eddie, su marido, nunca había sido un hombre descuidado, y su hijo David, que acababa de cumplir ocho años, tampoco solía serlo.

Entró en la casa, y lo que vió al entrar en la cocina para tomarse un vaso de leche caliente antes de acostarse, le puso los pelos de punta y que se echase las manos a la cara en un movimiento instintivo, como si quisiera taparse los ojos, y no ver lo que su mente se negaba a aceptar.

Había varios cacharos y utensilios tirados por la cocina, y los cuerpos inertes de su marido y de su hijo yacían sobre un gran charco de sangre en el suelo.

Sarah se quedó tan paralizada por el terror que ni siquiera fue capaz de gritar, ni de articular palabra. Le pareció que aquello no podía ser real, que tan sólo era un mal sueño, una pesadilla.

De repente, sintió una presencia a su espalda, fue a darse la vuelta, pero ya era tarde. Una sucia manaza le tapó la boca, y después sintió el frío cañón de una pistola en su cabeza.

-Chisssssss… quieta, gatita. No te muevas, no intentes gritar o te mataré -dijo el asesino.

-Mmmmm… -intentó hablar la joven.

– Tranquila, no es culpa mía. Yo no quería matarlos, pero me vi obligado a ello. Tan sólo quería que me dieran unos cuantos billetes para continuar mi viaje. Pero tu marido se puso tozudo. Él y tu hijo me atacaron al mismo tiempo, no me quedó otro remedio que dispararles. Ahora voy a soltarte. Si gritas, te aseguro que te mataré, ¿lo has entendido?

-Ssssí…

El hombre la soltó y Sarah se dio la vuelta lentamente. Ante ella había un hombretón alto y corpulento, con aspecto de presidiario o delincuente. Llevaba barba de varios días, su ropa estaba arrugada y sucia, y sus largos cabellos grasientos estaban sucios y despeinados. Su lúbrica mirada y su sonrisa torcida, no dejaban lugar a dudas sobre sus aviesas intenciones.

-¡Oye! ¿Sabes que no estás nada mal? Tal vez podríamos divertirnos tú y yo un rato antes de marcharme.

Sarah, con una extraña mezcla de miedo, asco y de odio por el brutal asesinato de su marido y de su hijo, hizo acopio de valor y le pegó una fortísima patada en la entrepierna.

Dió justo en el blanco, el hombretón se dobló en dos, incapaz de poner atención a nada que no fuera su intensísimo dolor.

Sarah aprovechó la ocasión, pasó a su lado, y corrió en dirección a la salida de su casa. El individuo se colocó la mano izquierda en sus doloridos genitales, e intentó, renqueante, correr detrás de ella.

-¡Maldita perra! Te voy a dejar el cuerpo como un colador!

Sarah ya corría por la calle dando fuertes gritos pidiendo socorro. En varias casas vecinas se encendieron las luces de los dormitorios.

El ladrón y asesino corrió cojeando detrás de ella, y efectuó dos disparos sin acertar en su objetivo. Sarah se ocultó detrás de una camioneta, mientras el delincuente disparó de nuevo.

Unos segundos después se escuchó el ulular de las sirenas de varios coches de policía que se acercaban velozmente.

El corpulento hombretón por unos segundos no supo qué hacer, corrió en otra dirección intentando escapar, pero ya era demasiado tarde. Estaba rodeado por tres coches patrulla.

Cuando se vió acorralado disparó las últimas balas que le quedaban contra la luna delantera de uno de los vehículos, que saltó en mil pedazos.

Los agentes de policía no se lo pensaron, y dispararon sobre el agresor, que pronto cayó al suelo atravesado por siete balazos, muerto al instante.

© Francisco R. Delgado

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