Pasos y sombras en la noche

Cobijados de la intensa lluvia, bajo sus respectivos paraguas, marchaban sobre el camino embarrado. Los relámpagos iluminaban de forma intermitente la oscura noche, y los truenos se escuchaban por doquier, amenazando con despertar el sueño eterno de los difuntos allí enterrados.

En aquella lúgubre y tormentosa noche, ambos iban provistos con linternas que iluminaban su incierto camino entre las tumbas. Hacía una noche de perros. La furia de la lluvia convertía el camino en un cenagal, en un pequeño río de agua densa y oscura, al mezclarse con la tierra. Las botas de ambos caminaban despacio entre los charcos que se iban formando a su paso. En la parte norte del tenebroso cementerio había varios tétricos panteones funerarios.

-¿Cuál de ellos es? -preguntó el brujo alzando mucho la voz, para que la joven Amanda pudiera escucharlo por encima del estruendo que causaba el contínuo repiqueteo de la lluvia, sobre el grisáceo mármol de las lápidas, y del atronador ruido que producían los continuos y numerosos truenos.

George Bremen tenía la garganta bien resguardada del frío y la humedad circundante, envolvente, por una gruesa bufanda de lana con dibujos de cuadros grises y marrones, por encima de su chubasquero negro. Amanda, que estaba protegida de la demencial tormenta con un llamativo chubasquero de color amarillo, y cubría su cabeza con la amplia capucha, le contestó:

-Es aquel de allí. El más grande. -le dijo dirigiendo el haz de luz de su potente linterna hasta la contrucción funeraria. El amigo y colega de Amanda resopló porque era uno de los más alejados del camposanto, y el que parecía tener un mayor aire fantasmal, debido a que era el más aislado y solitario.

-Bien. ¡Vaya noche que hemos elegido para venir hasta aquí! -se quejó, hablando con voz muy fuerte, para hacerse oír entre el estruendo de los rayos que caían sin piedad alguna, no muy lejos de allí.

-Bueno, George, yo quería venir lo antes posible. El espíritu de mi hermana me lo pidió hace dos noches. -le contestó con voz compungida, y apenas audible para su acompañante.

-Ya, lo entiendo. -le dijo resignado.

Llegaron hasta el mausoleo, y Amanda empujó la puerta enrejada y herrumbrosa, que se encontraba con la cerradura abierta, y que rechinó sobre sus goznes mohosos y semioxidados por la humedad. Poco después penetraron en el amplio recinto del antiguo panteón familiar, cuyas oquedades en las altas paredes, estaban llenas con los féretros y las calaveras de varias generaciones de la familia Wattles.

© Francisco R. Delgado

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