Maniquíes

MANIQUÍES

Eran casi las diez de la noche, y en aquel gran almacén de ropa cercano a la City londinense, aún no habían terminado de preparar el escaparate para el día siguiente.

Por este motivo, los maniquíes deberían ser vestidos conforme a la moda de la nueva estación. Karen, una de las dependientas, se afanaba por encontrar un nuevo maniquí para lucirlo en el escaparate. Buscaba la figura de una chica delgada y morena para vestirla con los alegres colores de la primavera.

Al fondo de la gran habitación, pareció encontrar la ideal. Estaba con la espalda pegada a la pared, y todavía no había sido desprovista de su camisón de invierno algo anticuado, de la moda de hacía cuatro o cinco años.

Karen se acercó a la figura del maniquí, y observó que tenía una buena estatura, pues rondaría el metro setenta y cinco. Por un momento le dio la impresión de que había parpadeado, y se asustó un poco, pero luego se rió de sí misma. La bella maniquí, de facciones alargadas, armoniosas y dulces, estaba completamente quieta, como era lo lógico en un ser inanimado. Serían imaginaciones suyas. Acto seguido se colocó frente a la joven mujer que representaba, para desprenderla del anticuado camisón de invierno.

De improviso, el maniquí pareció cobrar vida, y sonrió de manera burlona y perversa. La joven dependienta del almacén de ropa se quedó paralizada por el terror, y no pudo hacer nada cuando la aterradora aparición la sujetó fuertemente por los brazos y le mordió con inusitada ferocidad en el cuello, desgarrándole la tráquea, como si se tratase de un animal salvaje.

Emma Wattles succiónó la sangre que le daba la vida, con ansiedad y placer inusitado. Estaba sedienta, pues llevaba más de una semana sin alimentarse. Después de algunos minutos durante los que sujetaba férreamente a su infortunada víctima, la cual sufría los violentos estertores de la atroz y terrible muerte, y que había perdido por completo y en escasos segundos la voluntad y la cordura; dejó el joven cuerpo de la dependienta totalmente exangüe, sin una sola gota de sangre para seguir manteniendo su terrible y lúgubre existencia.

© Francisco R. Delgado

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *