Los pies descalzos

La joven difunta avanzaba lenta, pero firmemente por el estrecho pasillo persiguiendo a su presa. Sus menudos pies descalzos caminaban sin hacer ruido alguno. Pronto llegó hasta la puerta de la amplia sala de autopsias, y la empujó con suavidad.

A pocos metros observó a través de sus aterradores ojos en blanco, que el joven estaba en el centro de la habitación, en la que había tres mesas de brillante acero pulido y todo tipo de instrumental médico para realizar las autopsias, y que blandía en su mano derecha un afilado bisturí como improvisada arma defensiva.

-No te acerques, Emma, o quien diablos seas, o te mataré -le dijo el joven fuera de sí.

-¿Matarme? ¡ja, ja, ja, ja! No puedes matarme, Ethan, porque yo ya estoy muerta -le contestó abalanzándose contra él con los brazos extendidos.

El auxiliar del depósito de cadáveres, con los nervios en tensión, esperó la feroz acometida de aquella figura monstruosa, de pesadilla. Cuando ésta se aproximó, con un rápido movimiento consiguió hacerle un profundo corte en el cuello, y después dio un paso hacia atrás. Del cuello de la mujer no chorreó sangre a bobotones como era de esperar en una persona normal; sino que la fina línea del corte apareció roja, pero no surgió ninguna gota de sangre.

Johnson, cada vez más desesperado, con el corazón palpitándole como un tambor enloquecido, amenazándole con salírsele del pecho, siguió retrocediendo y pensandando que seguramente no saldría vivo de allí.

Sin saber qué hacer, ya que el uso de la afiladísima hoja de acero del bisturí, había sido por completo inútil, cogió una botella de vidrio que contenía ácido sulfúrico, que se utilizaba para limpiar pequeños restos orgánicos que a veces quedaban pegados en las mesas de autopsias. Quitó el tapón de plástico con manos temblorosas, y le roció la cara al terrible ser del averno que le estaba atacando. La espectral figura se paró en seco, y pocos segundos después el ácido en su todavía hermosa faz empezó a humear, y a producir un olor fétido y hediondo.

-¡Ahhhhh…! -gritó de dolor la terrorífica aparición llegada del tenebroso mundo de los muertos, mientras su preciosa y fina cara de porcelana, se deshacía por momentos.

Corriendo como una posesa, presa de un atroz dolor, salió de la sala de autopsias, temiendo que el rubio joven volviera a rociarla con ácido, intentando desprenderse del abrasador fluido con sus níveas y delicadas manos.

Escapó del lúgubre recinto de la morgue con inusitada rapidez. Sus menudos pies desnudos no parecían posarse sobre el suelo; sino que flotaban unos centímetros por encima. Volvería a la tranquilidad y a la seguridad del cementerio de Highgate. El lugar del que no debía de haber salido nunca.

© Francisco R. Delgado

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