La leyenda de Bruno Valdemar -Parte 1

Yamir no siempre fue la abandonada y maldita isla que es hoy, incontables inviernos atrás, hubo una breve pero gloriosa época en la que Yamir fue la piedra angular del mercado negro de las infames Islas Gila, un lugar donde el alcohol, la cocaína, el oro, y el sexo, fluían con la misma facilidad con la que fluyen las tripas del tiburón una vez es abierto. Pero me estoy adelantando, nuestra historia comienza incluso antes, cuando Yamir no era más que un pedazo de tierra cuyo nombre ni siquiera aparecía en el mapa.

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El viejo pescador había perdido su bote pesquero en una tormenta hace muchos años ya, y la vejez le impedía aprender otro oficio, así que el anciano no tenía otra opción que ganarse la vida atando redes a las rocas de una de las playas de Yamir durante la noche, para recoger cangrejos y erizos de mar en la mañana.
Un día, cuando los primeros rayos del sol todavía no se dignaban a hacer su aparición, el viejo pescador estaba extrayendo su sustento del mar, tomandose su tiempo para arrastrar las redes, más por el dolor en sus viejos músculos que por paciencia. Cuando el pescador se preparaba para sacar del océano la última red, el sol ya brillaba alto en el cielo y las gaviotas, hambrientas, volaban en círculos alrededor del anciano. Fue entonces que el pescador vio algo flotando entre las rocas que, por la falta de luz, no había notado antes. La visión del pescador no era muy buena, por no decir casi inexistente, tuvo que acercarse al objeto flotante hasta tenerlo frente a sus narices para reconocer que era una caja de madera. Tras poner la pesca de la noche bajo unas hojas secas de palmera, donde estaría a salvo de las gaviotas, el pescador utilizó todas sus fuerzas para arrastrar la caja a la orilla. Una vez recuperó su aliento, con una roca puntiaguda y algo de paciencia, el viejo consiguió destapar la misteriosa caja. Grande fue la sorpresa del anciano al ver que en su interior había un regordete niño que no superaba el año de edad.

El viejo pescador no podía salir de su confusión, una oleada de preguntas invadieron su mente, pero solo una quedó en la cabeza del anciano hasta el último de sus días: “¿Cómo es posible?” Habían sido años desde la última vez que un barco había sido visto en el horizonte, y no podía ser el hijo de uno de los quinientos y pico habitantes de Yamir, la piel del muchacho era demasiado clara, evidentemente era un extranjero. Era una locura que el muchacho estuviese con vida, el frio debía de haberle matado durante las frías noches, o el hambre, ¡O el oleaje que choca con fuerza contra las rocas durante la madrugada! El viejo miró al muchacho, el cual estaba mojado pero ileso, y se planteó sobre lo que debería hacer. Finalmente decidió poner al muchacho una vez más en la caja y devolverlo al mar del que había venido, si había llegado hasta allí sin un solo rasguño, bien podría encontrar el camino de vuelta con la misma facilidad.

Tras cerrar la caja y enviar al niño devuelta al océano, el viejo tomó sus redes repletas de animalejos, y volvió a su hogar. La casa del viejo era acogedora y estaba muy cerca de la playa, él mismo la había construido en sus años de adultez utilizando cuatro palmeras como soporte. Al igual que el techo,  las paredes de la casucha estaban hechas con cáñamo, lianas, y más cáñamo, mientras que el suelo estaba construido con viejas tablas de madera de un viejo navío, las cuales estaban sujetas entre sí con la ayuda de clavos de madera y lianas. El viejo puso algunos cangrejos y erizos dentro de un compartimiento con la intención de cocinarlos durante la cena, y echó el resto en una carretilla para poder de llevarlos al pueblo –lo cual, sobre la arena, no es tarea sencilla-.

Al aventurarse una vez más fuera de su casa, el viejo pescador se encontró con el niño de la caja misteriosa. El pequeño estaba sentado sobre la arena, empapado, a la vez que lamía con ganas la concha de algún molusco. El viejo pescador no se sorprendió, ya estaba demasiado viejo y había visto mucho durante su vida como para asombrarse más de una vez al día. El pescador tomó al muchacho, lo dejó dentro de su casa, y se retiró para continuar con sus labores diarias.

El viejo pescador preguntó en el pueblo si alguien sabía algo sobre el niño, solo por si las moscas, pero tal y como lo imaginó, nadie tenía idea sobre el misterioso bebé.

El anciano volvió a su hogar sin respuestas para encontrar al niño durmiendo sobre sus viejas sabanas. El viejo juntó un montón de arena a los pies de su cama, colocó una red para pescar rota sobre el montículo que había hecho con sus manos, y colocó al infante sobre la improvisada cuna. “Ahí tienes, bribón, esa será tu nueva cama.”

La vejez había convertido al viejo pescador en un anciano solitario, cansado, y con pocas ganas de lidiar con cualquier tipo de molestia. Por otro lado, sus años en el mar habían hecho un viejo supersticioso, le tomó poco tiempo llegar a la conclusión de que para bien o para mal, el misterioso niño estaba destinado a vivir con él por razones que no comprendía. El viejo notó que el muchacho llevaba un collar hecho de una delgada soga oscura y una hermosa roca negra, y en ella una inscripción. Por desgracia, el viejo no sabía leer, así que decidió no darle importancia por el momento.

Por la cabeza del viejo pescador pasó la remota idea de criar al muchacho como si fuese su hijo, pero cambió de parecer casi al instante, ni siquiera se parecían, la piel del viejo era oscura y su sucia cabellera aún tenía algunos cabellos remotamente rubios, mientras que el chiquillo tenía la piel blanca y su cabello era de un agraciado café oscuro. Pero el parentesco era lo de menos, el viejo pescador ya no tenía las energías para cuidar de un niño como si fuese su hijo, así que decidió convertir al niño en su mascota. “No te daré mi cama, sabandija.” Le dijo el viejo pescador al niño, como si este le entendiese. “Pero supongo te daré mi apellido. De ahora en adelante te llamarás  Valdemar, Bruno Valdemar. De esa manera, al menos mi nombre tendrá una oportunidad de continuar en este mundo.” Habiendo dicho esto, el viejo pescador sonrió, enseñando una hilera de encías negras sin dientes.

Así, los días continuaron su curso, ambos, el viejo y el niño despertaban muy temprano. El viejo, sin decir una sola palabra, salía de su casa todas las mañanas, y el muchacho le seguía. El viejo no dejaba participar al muchacho en los rituales de pesca, pero le dejaba observar cuanto quisiese. El muchacho debía aprender prácticamente todo por su cuenta, el viejo no le enseñaba nada al pequeño Valdemar, ni siquiera algunas palabras básicas. Valdemar aprendió sus primeras palabras al escuchar a los pueblerinos que llegaban a la casucha para regatear el precio de los cangrejos con el viejo,  descubrió que el fuego quemaba metiendo la mano en las brasas, y comprendió el significado de crueldad a través de su benefactor. Las reglas del viejo pescador eran simples para el pequeño Valdemar, solo le tomó unas cuantas palizas memorizarlas. Si el pequeño Valdemar necesitaba cagar o mear, tenía que ir al bosque, y si se enfermaba, él debía cuidar de sí mismo, finalmente, dos comidas al día era todo lo que recibiría del anciano, y no por mucho tiempo.

Cuando el pequeño Valdemar tenía aproximadamente tres años, el viejo pescador dejó de alimentarle. El pequeño Valdemar ni siquiera se molestó en pedir su ración, él sabía que había llegado la hora de alimentarse a sí mismo. Durante los siguientes tres días, el muchacho no pudo pescar nada que no fuesen pulgas de mar, comenzaba a enfermar debido a la malnutrición. El pequeño Valdemar trató de conseguir un poco de mango en el bosque, pero la fruta no estaba lo suficientemente madura para caer por su cuenta y Valdemar aún era demasiado joven para escalar un árbol por su cuenta.

Cuando llegó el cuarto día de independencia para el pequeño Valdemar, este colapsó bajo el sol de la playa, tenía fiebre, le dolía mucho la cabeza, y todo a su alrededor daba vueltas, poco a poco fue cerrando sus parpados.

De pronto el muchacho ya no estaba en la playa, se encontraba sobre un enorme barco de madera que cortaba el mar en dos bajo sus pies, era la primera vez que veía uno. Y no solo eso, su cuerpo era el de un adulto, y estaba rodeado de gente que le respetaba y al mismo tiempo le apreciaba. Valdemar se sentía sumamente libre y poderoso, y aunque no comprendía nada de lo que estaba sucediendo ni sabía que eran los objetos y vestimentas que le rodeaban, en el fondo presentía que estaba en su elemento.

De pronto, Valdemar escuchó una voz femenina, algo grave para ser la voz de una mujer, aunque bastante seductora. “Oh, ¿Qué haces aquí, muchacho? Es demasiado pronto, demasiado pronto.” Cuando la voz comenzó a hablar, todo alrededor de Valdemar empezó a desvanecerse en las tinieblas. “Volverás a saber de mí, tenlo por seguro.” Dijo la voz, luego, solo hubo sombras…

El pequeño Valdemar despertó con la visión borrosa, la cabeza adolorida, y las manos temblorosas, estaba débil. El niño se sentó sintiendo que tenía rocas atadas a sus pequeños hombros, estaba de vuelta en la casa del anciano, acostado sobre la cama del viejo, y a su lado había un plato de sopa de almeja caliente. Mientras el pequeño Valdemar trataba de comprender la situación, el anciano Valdemar entró por la única puerta de la casucha. Al ver al viejo pescador, el pequeño Valdemar se incorporó por temor a un castigo, pero el anciano lo tomó por debajo de sus axilas y lo puso de vuelta en su cama sin decir una sola palabra, acto seguido, el viejo Valdemar puso el plato de sopa de almeja frente al niño y, se sentó en una vieja y chillona silla de madera, el pequeño Valdemar estaba confundido.

—Así que por eso es que llegaste hasta mí hace dos años –dijo el viejo pescador, arrastrando aquellas palabras, como si a ellas estuviese amarrada la fatiga de su vejez-. Llevaba varias décadas sin oír su voz, pero reconocería la caricia de sus palabras aunque pasaran mil años. ¿Por qué me miras con esa cara de extrañado, mocoso? Sé que tú también la escuchaste, lo pude ver en tu rostro cuando te hallé revolcándote en tú propia porquería. Ella vino a verme a mí, pero también a ti, claro que nos dijo cosas diferentes, pero ¿Qué más da? Nuestros destinos están ligados a su voluntad hasta el día de nuestra muerte –el  viejo Valdemar hizo una pausa y se rasco la sucia melena, dejando caer arena y trozos secos de algas, luego, su tono cambió de cansado a uno iracundo-. Gusano inservible, ni si quiera te puedes alimentar a ti mismo, no hay forma en que vayas a entender lo que te digo. Al menos trata de recordar esto, ella es la Niapiles, una bruja del mar, ten cuidado con ella, te hará pensar que estás siendo abrazado contra su cálido pecho, cuando en realidad te está arrastrando a las profundidades del mar –dijo el viejo pescador mientras caminaba con furia hacia la salida-. Te cuidaré bien desde ahora, canalla, pero no creas que es mi deseo, solo lo hago para terminar de pagar una deuda que… pensé que ya estaba saldada.

El viejo cruzó el portal de la entrada dejando al pequeño Valdemar en soledad. El niño, a pesar de tener tan solo tres años de edad, era un muchacho muy despierto e inteligente, pasó varias noches reflexionando sobre la extraña advertencia del viejo pescador.

Los días pasaron, y cuando el pequeño Valdemar recuperó su salud, el viejo Valdemar continuó con su promesa de cuidar del niño. El viejo pescador compró una cama barata en el pueblo para el muchacho, consiguió ropajes nuevos, y comenzó a llevarlo consigo al pueblo cuando iba a vender sus cangrejos y erizos de mar. Fue en uno de estos viajes de negocios  al pueblo en que el pequeño Valdemar conoció a Francesca, la hija de un mercader, ella un año menor que él, y entablaron amistad rápidamente.

Dos veces a la semana, el viejo y el pequeño Valdemar viajaban al pueblo a vender cangrejos, erizos, y algunos peces, dos veces a la semana el pequeño Valdemar podía visitar a Francesca. Los inviernos pasaron, el joven Valdemar creció pescando, vendiendo, aprendiendo sobre la vida de marinero de la boca del viejo Valdemar, y jugando con la radiante Francesca. El joven Valdemar siempre le hablaba a Francesca sobre construir un navío juntos para recorrer el enorme archipiélago de las islas Gila, y quizás el mundo entero, y aunque a Francesca no le interesaba mucho salir a recorrer el mundo, si quería estar al lado del joven Valdemar, por lo que la idea también le entusiasmaba.  El joven Valdemar tuvo una infancia agradable.

Cuando el joven Valdemar tenía poco más de trece años, la salud del viejo Valdemar comenzó a deteriorarse más y más, su respiración se volvió pesada y muy pronto quedó postrado sobre su cama. Una noche, el viejo Valdemar llamó al joven Valdemar para que estuviese a su lado.

—Bruno, ven aquí Bruno, ¿Dónde estás? –Dijo el ciego anciano buscando la mano del muchacho en el aire-.

—Estoy aquí, viejo –Respondió el joven Valdemar al tiempo que tomaba la mano del anciano-.

—Ahhh, ya tienes las manos de un hombre de mar, bien, bien. Bruno, no sé cuándo respiraré mi último aliento, así que voy a contarte algunas cosas que a estas alturas no tiene importancia si alguien del pueblo se entera. Iré directo al grano, muchacho, yo durante muchos años fui un corsario, en otras palabras, un pirata, y de la peor clase, robé, maté, viole, y traicioné a mucha gente, jamás mirando sobre mi hombro, jamás pidiendo disculpas –el viejo hizo una pausa para escuchar si es que el joven Valdemar tenía algo que decir al respecto, sin embargo, el muchacho tan solo continuó sujetando la mano la mano del anciano, el viejo Valdemar sonrió-. Pero no todo fue truhanería, de hecho, la mayoría del tiempo mi capitán nos llevaba a mí y a la tripulación a hermosos lugares del océano, sitios peligrosos, pero hermosos.
— Cuéntame sobre una de tus aventuras –dijo el joven Valdemar con anhelo-.

El viejo Valdemar sonrió enseñando sus negras encías.

—Te contaré mi historia favorita. En una ocasión, la tripulación de la que yo era parte tomaba un merecido descanso en un bar, era una noche calmada y cálida, perfecta para disfrutar algo de hospitalidad de las prostitutas locales  –comenzó a narrar el moribundo Valdemar-. En aquel entonces, mi capitán era un zagal joven, pero muy inteligente y despierto, al igual que tú, también era obstinado y solo obedecía su propio instinto e ingenio, y yo por mi lado era ya era un corsario de pies a cabeza. Nos echábamos unos tragos cuando un vagabundo ebrio intentó acercarse a nuestro capitán. Algunos desenvainamos nuestras espadas y pistolas, y le impedimos el paso, sin embargo mi capitán nos ordenó calmarnos. Una vez el vagabundo vio que tenía permiso para hablar, nos contó una leyenda sobre criatura capaz de destrozar flotas enteras con facilidad, un demonio del mar, rondaba en aguas cercanas, y que su propio padre y abuelo habían fallecido tratando de matar a la bestia, la leyenda también contaba que el monstruo protegía un enorme tesoro, una isla hecha enteramente de monedas de oro y joyas. Normalmente sería un suicidio atacar a la criatura para tomar su tesoro, pero el vagabundo aseguró que es la época del año en que la criatura cambia de piel, y sería fácil matarle sin su armadura natural. Nosotros obviamente nos reímos y nos burlamos del anciano por contarnos historias tan ridículas. Nuestro capitán también pensó que eran patrañas, hasta que el vagabundo sacó de entre sus ropajes una enorme escala color azul la arrojó frente a mi capitán, la escama era más grande que mi cabeza, lo juro por el único diente que me queda. El vagabundo miró a nuestro capitán a los ojos y le dijo que la isla no estaba lejos, solo a un par de días de distancia con buen viento y un navío veloz,  luego nos aseguró que podía llevarnos a la isla si a cambio recibía una parte del botín. Tras meditarlo un poco, nuestro capitán aceptó la oferta del pordiosero. Muchos nos opusimos, pero el capitán dijo que no teníamos que ir si no queríamos, que nos podíamos quedar abajo del bote después de zarpar, al día siguiente, todos estábamos navegando sobre el bote hacia aguas desconocidas, siguiendo las instrucciones de un vagabundo…

—Así que siguieron su capitán después de todo, no sabía que eras tan obediente, anciano –dijo el joven Valdemar con tono amistoso, más en tono de broma que de burla-.
—El viento estuvo a nuestro favor el primer día –continuó el viejo pescador ignorando el comentario-, por lo que avanzamos el tercio del camino durante las primeras veinticuatro horas… Pero cuando vimos el segundo amanecer de nuestro viaje, el viento sopló en nuestra contra casi todo el día, en raras ocasiones pudimos izar velas para avanzar; el tercer, cuarto y quinto día fueron igual de malos, mientras que los días seis y siete fueron aún peor. La tripulación comenzaba a inquietarse, era como si fuerzas misteriosas intentasen detenernos. El día doce fue la gota que derramó el vaso, ¡Una tormenta se acercaba!, Le pedimos a nuestro capitán que diésemos media vuelta y regresásemos, pero el vagabundo se entrometió. El pordiosero dijo que la tormenta no se acercaba a nosotros, que la tormenta siempre estaba ahí, y que la única forma de llegar a la isla del supuesto tesoro era cruzando por aquel peligroso rincón del océano.  La tripulación trató de hacer razonar al capitán, la única razón por la que estábamos siguiendo los delirios de un ebrio era por la oportunidad de ganar dinero fácil en tan solo dos o tres días. Sin embargo, el capitán nos ordenó seguir adelante. La tripulación estaba escéptica, incluso se escuchó la palabra “motín” en algunos rincones del barco, la única razón por la que nadie desafió al capitán, fue porque ya nos había puesto en situaciones similares para luego salir victoriosos. Una vez ya estábamos dentro de la tormenta, la situación se volvió aún más desquiciada y desesperanzadora, el vagabundo nos pidió que no hiciéramos nada, que la tormenta nos llevaría a nuestro destino. Te juro, muchacho, que estuve a punto de tomar al viejo pordiosero y arrojarlo al mar. Ya estábamos allí, en medio de la locura, así que simplemente hicimos lo que el viejo nos ordenó, pero solo porque nuestro capitán parecía confiar en el anciano.  Dejamos que la tormenta nos llevase a donde ella quisiese durante toda una noche, fue espeluznante, las olas golpeaban la superficie del bote como si fuesen martillos, hubieron varias ocasiones en las que pensamos que el bote se daría vuelta, y los truenos eran tan estrepitosos, que después de esa noche varios de nosotros quedamos sordos de un oído.

—Tu tripulación era osada, sobre todo tu capitán. Estar en esa tormenta suena terrorífico… pero a la vez excitante, continúa –le pidió el joven Valdemar al anciano-.

—Eventualmente llegó el amanecer, al mismo tiempo, nuestro bote salía de aquel infierno; era un día nublado y con poco sol, por fin teníamos algo de tranquilidad. Sorprendentemente solo hubo una baja durante la noche en la tormenta, un compañero que se embriagó y cayó por la borda mientras le gritaba a la tormenta, no sé en qué estaba pensando ese sujeto.  La mayoría de nosotros quería descansar, pero nos sacudimos el sueño de encima cuando la neblina comenzó a disiparse, y fuimos testigos de cómo revelaba grandes cantidades de barcos destruidos flotando en todas las direcciones, aquel lugar era un cementerio de navíos…  El bote avanzaba lentamente, no queríamos tropezar con alguna sorpresa desagradable, y los cañones estaban listos en caso de que el supuesto monstruo apareciese. Por primera vez, le preguntamos al vagabundo como era la criatura marina, ya que antes de cruzar la tormenta no creíamos en su historia. El pordiosero dijo que no tenía idea, lo poco que sabía era gracias a su difunto padre, pero él nunca había visto a la criatura. Todos los miembros de la tripulación temíamos por nuestras vidas, sin embargo, nuestro capitán se veía confiado, su determinación era casi contagiosa. De pronto, vimos algo en el horizonte, un punto dorado brillaba a lo lejos, algunos de la tripulación sacamos nuestros catalejos para ver mejor de que se trataba, ¡Entonces lo vi con mis propios dos faroles! Una montaña de oro y joyas se levantaba en la distancia. ¿De dónde salió? ¿El monstruo la recolectó? ¿Siempre estuvo allí? ¿Un tesoro de una civilización perdida? Nunca lo supe. Al ver aquel botín, nos preparamos para izar las velas hasta lo más alto, pero una enorme ola nos detuvo, y algo comenzó a salir del agua… Un pez enorme asomó su cabeza, era al menos diez veces más grande que nuestro navío, su cuerpo era de un hermoso y radiante color celeste con franjas azul oscuro, tenía unas fauces enormes, las cuales fácilmente pudieron haber devorado la mitad de nuestro barco de un solo bocado, era un espectáculo temible, pero esplendido, sin embargo nada de eso se podía comparar con lo que presenciamos a continuación. La criatura levantó sobre el agua unas enormes aletas azules, las cuales se extendían desde su cabeza hasta su cola, y de un salto, salió del agua, pero no cayó de vuelta al mar, una vez la criatura estuvo en el aire, esta continuó agitando sus aletas, y así, para el asombro de todos, el pez comenzó a volar, como si fuese un ave. ¿Puedes imaginarte aquel espectáculo, muchacho? Una bestia marina más grande que cualquier ballena y más hermosa que cualquier otro ser que hayas visto, volando sobre tu cabeza, bañándote con el agua del mar como si el océano estuviese cayendo del cielo.

—Viejo –le interrumpió el joven Valdemar-, me cuesta creer que no estés delirando, nadie hubiese sobrevivido a algo como eso.

— ¡Truhan insolente e impertinente!, Detrás de esta casa hay dos palmeras que se cruzan formando una cruz, ve ahora mismo a cavar bajo ellas, quiero que veas lo que hay allí abajo.

El joven Valdemar obedeció, corrió a la parte posterior de la casucha, y con excitación y anhelo, desenterró un pesado objeto que estaba cubierto con una tela, la cual removió, revelando una enorme escala celeste. Era muy hermosa, y a pesar de estar notablemente desgastada por el paso de los años, aún brillaba intensamente bajo la luz de la luna, no pertenecía a ningún animal, vivo o muerto, que el joven Valdemar hubiese visto antes.

El joven Valdemar volvió a poner la escama en su lugar, la cubrió de arena, y en silencio, volvió a entrar a la casucha.

—Supongo que ahora me crees –comenzó a hablar el viejo-. Bien, ahora cállate y déjame continuar. *Ahem* Por hermosa que fuese esa bestia, nosotros estábamos meándonos encima al ver a una criatura de ese tamaño volando en círculos sobre nuestras cabezas, pero el  vagabundo no parecía impresionado, es más, se puso como loco. “¿Qué esperan? ¡Disparen!” Nos gritó, pero el capitán canceló la orden, y nos hizo mantener nuestras posiciones. Todos los tripulantes nos quedamos viendo al capitán con extrañeza mientras las gotas de agua salada aún caían sobre nuestras sucias cabezas. Con cada aleteo, la enorme bestia formaba olas de mediana altura en el océano, no parecía tener ojos, pero nos observaba, de eso estoy seguro, pude sentir su mirada. Estábamos muertos de miedo, sin embargo, pronto notamos algo… La criatura no nos atacaba. El vagabundo comenzó a gritarle a nuestro capitán, demandando que atacáramos a la bestia, pero el capitán tomó al viejo vagabundo del pescuezo, y con facilidad, lo levantó en el aire, entonces, con el cuello del pordiosero entre sus manos, el capitán le gritó a la bestia: “Es esto lo que quieres ¿No?, Darle fin al linaje de sangre que lleva siglos tratando de darte caza. Es tuyo, una ofrenda de mi parte en señal de amistad.” Acto seguido, el capitán lanzó al hombre al agua, y nos ordenó alejar el barco del vagabundo lo más rápido posible.  Mientras nos alejábamos, pudimos ver como la criatura volaba en círculos alrededor del área en que flotaba el vagabundo, y de pronto, se zambulló sobre él, llámame loco, pero creo que la criatura esperó a que nuestro barco estuviese a una distancia segura para arremeter. La zambullida de la criatura creo una ola que casi voltea nuestro barco, el pez gigante desapareció bajo nuestros pies y no volvió a la superficie. Una vez salimos de nuestro asombro, nos dirigimos con viento en popa hasta la isla de oro y joyas, ¡Era un espectáculo tan impresionante como el de la criatura que habíamos visto volar sobre nuestras cabezas! Una isla más grande que en la que nosotros vivimos actualmente, hecha enteramente de monedas de oro, plata, y diamantes, ni un pedazo de tierra a la vista, ni si quiera una mota de polvo, solo riquezas. Llenamos el barco a tope con tesoro, y tras enfrentar la horrible tormenta una segunda vez, logramos salir de allí con vida, y asquerosamente ricos. Unos días después, estando ya en tierra, le pregunté a mi capitán que como sabía que la criatura nos dejaría pasar si le entregábamos el vagabundo. Aún recuerdo sus palabras, pues fueron las últimas que escuché salir de su boca, con una sonrisa en su rostro, él me dijo: “El apellido de ese vagabundo era Voltimor, su familia ha tratado de cazar al dios del mar del oeste por generaciones y generaciones con el fin de poner sus manos sobre el tesoro más grande del mar. Es tan solo una leyenda que… me contó otra leyenda.” Luego de esa noche, mi capitán desapareció, escogimos a un nuevo capitán para que le reemplazara, y seguimos con nuestras aventuras.

El anciano sonrió, una lágrima de felicidad corrió por su rostro, era la primera vez que el joven Valdemar veía al viejo llorar.

—Espera un poco, anciano, ¿Qué pasó con tu parte del tesoro? –Preguntó el muchacho entusiasmado-.

—¡HA! Sabía que preguntarías eso, mocoso. Pues veras, hace tan solo veinte años…

El viejo narró historias de aventuras toda la noche, el joven Valdemar jamás se hubiese imaginado que el decrepito pescador hubiese tenido una vida tan emocionante. Durante la noche, y mientras el viejo contaba sus historias, el joven Valdemar se quedó dormido, pues estaba muy cansado, aun así el viejo Valdemar no dejó de contar historias.

Esa misma noche, mientras el joven Valdemar dormía y el viejo Valdemar narraba, el joven Valdemar tuvo un sueño; en el sueño, el muchacho pudo escuchar una voz femenina que le parecía muy familiar. “Oh, pero si es el joven Valdemar, -dijo la voz- ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que te vi? ¿Diez años?, como pasa el tiempo, pero hoy no he venido a verte a ti, hoy he venido a ver a un viejo amigo, solo paso por aquí para decirte que muy pronto tendrás que elegir entre tus sueños, o tu felicidad, ¿Me pregunto si tienes lo que se necesita? De cualquier forma, ya me tengo que ir, dulces sueños, Bruno Valdemar”.

Cuando el muchacho despertó, el sol ya había salido. Valdemar se puso de pie y miró al cadáver del anciano sobre la cama. El difunto Valdemar tenía una enorme sonrisa sobre su rostro, y enseñaba una hilera de encías negras.

 

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Autor:  https://solomonozmund.blogspot.com

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