Fantasma en el carro (carretera)

Hola, buen día.

Fantasma en el carro
quisiera compartir un relato que nos sucedió a una pareja de amigos y a mí; pero me gustaría quedar en el anonimato
Pasó después del rockódromo, veníamos de dejar a una amiga a su casa, en Apodaca, en una de las colonias privadas que están enfrente de Sendero Apodaca, cruzando concordia, por ahí hay una calle que sólo conecta con esas colonias, eran ya alrededor de las 3:00 am (como les comento, veníamos del rockódromo), yo venía manejando, mi amigo venía en el asiento del copiloto, y su novia iba dormida en el asiento trasero de mi camioneta; en eso mi amigo voltea hacia atrás y se queda viendo, y callado, luego más adelante (ya sobre concordia, a la altura del HEB) me dice, todo asustado: “amigo vi a una señora sentada en la parte de atrás de la camioneta” yo la verdad no creí en ese momento, pero un poco más adelante, se despertó de golpe su novia, asustada y nerviosa, le preguntamos que qué tenía, que si se sentía bien, y nos comentó que en sueños vio a una mujer, que le decía que ya no despertara, que se fuera con ella, que ya no tenía caso seguir, describió como era y coincidía con lo que mi amigo vio… Cabe mencionar que yo no vi nada, pero les creo a ellos dos.

2 pensamientos sobre “Fantasma en el carro (carretera)”

  1. LAS SEÑORAS DEL PUENTE DE APODACA

    (Historia real, sucedida en 2007 aproximadamente. Escrita por ex reportero de periódico El Norte y ex dueño del taxi protagonista del suceso)

    Esa mañana de sábado en el taller de mi amigo René la expectativa era clara.

    A las 11 horas debía llegar Arnulfo, dejar el taxi en manos del mecánico para una revisión general y pagarme la renta del día anterior.

    Puntual, se estacionó y, sin bajarse del coche, me miró con un rostro que me asustó.

    -¿Qué pasó, Arnulfo, por qué esa cara?
    -No me lo va a creer, señor, pero anoche me pasó algo bien raro.
    -¿Qué sucedió? Te veo extraño.
    -Pues, cómo le digo…

    Suertudo como él solo, ya me había contado que, bajando de lo alto de la Colonia Independencia dos maleantes se subieron a su carro para luego amenazarlo con un cuchillo, pero él volteó el destino con una sentencia que los desconcertó.

    “Miren, chavos, vamos bajando y no estoy poniendo el freno. Si me clavan el cuchillo aquí nos morimos todos”.

    El taxi fue dejando calles cruzadas cada vez más acelerado, hasta que los asaltantes se dieron cuenta que su víctima iba en serio.

    “¡Páralo, páralo! ¡¿No ves que casi chocamos?!”.

    Pero Arnulfo no se detuvo y obligó a los pandilleros a abrir las puertas y salir volando.

    A diferencia de la emoción con la que me compartió esta vivencia, ahora su quijada parecía tiesa y su boca apenas encontraba las palabras para empezar.

    “Mire,… pues… a eso de la 1 de la mañana estaba bajando la joroba de Universidad, por la Clínica 6, para dar vuelta en Juárez y meterme al Centro de San Nicolás.

    “Estaba en la esquina esperando que cambiara el semáforo y en eso dos señoras y una niña que estaban en la banqueta me pidieron que las subiera y yo les dije que no, que ya había terminado”.

    Pero ellas le rogaron, relata. Vestidas de fiesta, una de las transeúntes lucía una medalla con un crucifijo al cuello.

    “Por favor, llévenos. Dios se lo va a pagar”, le pidieron.

    Ante la insistencia, Arnulfo cedió.

    “Se subieron y una señora se sentó al lado y la otra y la niña, atrás”, precisa.

    -¿A dónde van?
    -Hasta el puente de Apodaca.

    Tomaron la calle Juárez, pasaron frente a la presidencia municipal y luego entraron a la Avenida Santo Domingo.

    “Yo puse la música bajito y las señoras no decían nada. Sólo hablaron una vez, para saber si la niña ya se había dormido”.

    La noche se tornó más silenciosa cuando el taxista dobló por Diego Díaz de Berlanga, al norte, rumbo al Mezquital.

    “Pasas el Mezquital y ya no hay casas. Entonces le di más recio y cuando volteo para ver si no se zarandearon me saqué de onda”.

    -¿Por qué, Arnulfo? ¿Qué pasó?
    “Pues ya no estaban, señor… ¡ya no estaban!”.
    -¿Y a qué altura fue eso?
    “Pues donde está el panteón Jardín de los Ángeles”.

    Y continuó: “Yo dije ‘achis, pos dónde están’. No sabía qué pensar, señor. No sabía si seguirle o qué. Tu mente no sabe qué hacer”.

    Con la mirada en el aire, el taxista buscó respuestas, aún con el miedo a flor de piel.

    Las respuestas nunca llegaron, me parece. Vendí ése y el otro taxi que teníamos, en el 2006, y jamás volví a ver al desafortunado Arnulfo.

    Luego vi una noticia en un periódico: “Monterrey- La tormenta de esta madrugada dejó un saldo de dos mujeres muertas y una menor desaparecida, luego que el auto en que viajaban fue atrapado por una corriente de agua”.

    Pero, debido al año de esta nota, no se trataba de las mismas difuntas.

    Tal vez su historia esté enterrada entre las viejas letras de una hemeroteca, como sus cuerpos lo fueron en el Jardín de los Ángeles.

    Vaya usted a saber.

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